Oriente Medio y El Nuevo Orden Mundial.

Las relaciones entre Israel e Irán no siempre estuvieron marcadas por la hostilidad abierta. Antes de 1979 existía cooperación pragmática. No obstante, la Revolución Islámica transformó esa relación en una rivalidad ideológica estructural que, durante décadas, se expresó mediante guerras indirectas, alianzas cruzadas y confrontaciones asimétricas. En octubre de 2025 tuvo lugar la guerra de los 12 días que tensiono la región, pero llevo a un desenlace que la dejo en cierta calma, sin embargo, lo ocurrido el 27 y 28 de febrero de 2026 representa algo distinto: un punto de inflexión que trasciende la tensión habitual y abre la puerta a una posible reconfiguración geopolítica estratégica regional y hasta global.

Mientras en Ginebra aún se hablaba de avances en las conversaciones nucleares entre Washington y Teherán, tras semanas de desarrollo, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra territorio iraní. Horas después, se confirmó la muerte del líder supremo, Alí Jamenei. En cuestión de días, el equilibrio precario que sostenía a la región entró en una fase de incertidumbre profunda.

El presidente Donald Trump justificó la ofensiva, como en otras ocasiones, en una operación destinada a eliminar amenazas inmediatas contra el pueblo estadounidense. Benjamin Netanyahu utilizó un lenguaje de prevención similar. No obstante, el concepto de ataque preventivo en el derecho internacional (DIH) exige una amenaza inminente y demostrable. La información disponible sugiere que no se trató de una reacción ante un ataque en curso, sino de una decisión estratégica deliberada. En otras palabras, una guerra de elección.

Ese matiz no es menor. Cuando la noción de prevención se amplía hasta el punto de permitir ataques ante amenazas potenciales o estructurales, la arquitectura jurídica internacional se erosiona. La legítima defensa pierde claridad conceptual y el precedente se vuelve peligroso para un sistema ya debilitado.

Más allá de la narrativa oficial sobre neutralizar capacidades militares y nucleares, el alcance de la operación y la eliminación del líder supremo apuntan a una pregunta más profunda: ¿se buscaba contener a Irán o transformar su régimen?

Irán no es Irak en 2003, no es Venezuela en 2025, ni un Estado frágil sostenido por una sola figura. Durante casi medio siglo, la República Islámica ha construido un sistema complejo sustentado en ideología, redes clientelares y estructuras de seguridad paralelas como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. El poder no reside exclusivamente en un hombre. La muerte de Jamenei abre una sucesión, pero no garantiza colapso. Puede derivar en una transición interna controlada, en una radicalización mayor del sistema o incluso en fragmentación prolongada. La historia reciente muestra que los cambios de régimen impulsados externamente rara vez producen estabilidad inmediata y casi nunca generan democracias liberales funcionales sin costos elevados.

Al mismo tiempo, la guerra no ocurre en el vacío. Estados Unidos no actúa solo. Israel es su socio estratégico central y varios aliados europeos y de la OTAN han manifestado respaldo político y disposición a apoyar medidas defensivas. En el Golfo, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania cooperan en materia de seguridad, aunque con matices importantes: la legitimidad pública de una confrontación abierta contra Irán es limitada en muchas de esas sociedades. Esa brecha entre élites y opinión pública introduce tensiones internas que podrían amplificarse si el conflicto se prolonga.

Irán, por su parte, carece de alianzas formales equivalentes a la OTAN, pero ha construido durante décadas un “eje de resistencia” que incluye actores como Hezbolá en el Líbano, milicias en Irak y Siria, los hutíes en Yemen, Hamás en Gaza, e incluso Venezuela. Además, mantiene vínculos estratégicos con Rusia y acercamientos económicos con China. Sin embargo, varias de estas redes se encuentran debilitadas, y el eje no exhibe hoy la cohesión de otros momentos. Aun así, Teherán juega a la guerra asimétrica. Su capacidad de desestabilizar sin confrontar directamente sigue siendo significativa.

Pero el núcleo estructural del conflicto no es únicamente militar ni ideológico: es energético. Por el estrecho de Ormuz transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una proporción crucial del gas licuado del Golfo. Cualquier amenaza a esa ruta impacta de inmediato en Asia, particularmente China, India y Japón, presiona a Europa y repercute en Estados Unidos a través del precio global. La reciente decisión de la alianza OPEP+ de aumentar la producción de crudo busca enviar una señal de estabilidad a los mercados, pero no elimina el riesgo sistémico. Si Irán interfiere el tránsito marítimo, el impacto sería inmediato en inflación, cadenas de suministro y estabilidad financiera global.

En este sentido, lo que ocurre en Medio Oriente no es un conflicto aislado. Es energía, rutas marítimas, arquitectura de alianzas y competencia entre grandes potencias. Es geopolítica estructural.

Los escenarios posibles oscilan entre una escalada limitada y controlada, el desenlace más probable en el corto plazo, una guerra regional ampliada mediante actores indirectos o una desestabilización interna prolongada en Irán. El peor escenario no es necesariamente una guerra directa entre Estados Unidos e Irán, sino una guerra híbrida extendida que erosione lentamente la estabilidad regional durante años y repercuta en el resto del mundo, sobre todo a nivel económico.

La eliminación de un líder supremo mediante un ataque coordinado marca un precedente complejo. Si la lógica de la fuerza desplaza a la negociación como herramienta primaria, el sistema internacional se mueve hacia una etapa de mayor volatilidad. Medio Oriente ha demostrado históricamente su capacidad para exportar crisis. Esta confrontación ocurre en un mundo ya fragmentado por rivalidades estratégicas y tensiones económicas.

Lo que está en juego no es solo el futuro político de Irán ni la seguridad de Israel. Es la redefinición de los límites del uso de la fuerza, la estabilidad energética global y la arquitectura del poder en el siglo XXI, geopolítica pura.

La pregunta no es únicamente quién ganará esta confrontación. La pregunta es qué tipo de orden emergerá después, en este escenario que aún está en desarrollo. Lo cierto es que nos repercutiría a todos.

 

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