El acuerdo de paz entre Israel y El Líbano: ¿Puede sobrevivir esta paz?
El 26 de junio, Israel firmó un acuerdo marco con el Líbano, mediado por Estados Unidos, con el objetivo de abrir el camino hacia una paz duradera entre dos antiguos adversarios de Oriente Medio. Sin embargo, detrás de sus 14 puntos existen importantes vacíos: el texto no establece fechas, plazos ni mecanismos claros de implementación, dejando abiertas numerosas interrogantes sobre su viabilidad.
El Líbano terminó
involucrado en la guerra de Oriente Medio el 2 de marzo, cuando Hezbolá atacó a
Israel en apoyo a su aliado iraní, tras la ofensiva estadounidense-israelí
contra Teherán del 28 de febrero. Bajo presión de Estados Unidos, las
autoridades libanesas iniciaron en abril conversaciones directas con Israel en
Washington, y el 17 de abril se anunció una tregua, pero no logró detener los
combates.
Tras largas
conversaciones, Israel y Líbano, bajo el auspicio de Estados Unidos, firmaron un
acuerdo marco trilateral que establece una hoja de ruta para avanzar hacia una
"paz y seguridad duraderas" entre ambos países. El documento contiene
varios puntos clave, aunque también plantea importantes retos para su
implementación.
El Líbano y EE. UU. se
comprometen conjuntamente a desarticular a cualquier grupo vinculado a la
resistencia. Hezbolá no se menciona explícitamente en el texto; sin embargo, es
el único grupo al que hace referencia esta cláusula. En ella, se insta al
gobierno libanés a ejercer "plena soberanía" sobre todo el territorio
nacional y se prioriza el desarme del grupo, aunque este no haya sido tomado en
cuenta durante las negociaciones.
El acuerdo señala por
escrito que "nada en este (acuerdo) marco" les impide a Israel o al
Líbano "ejercer su derecho inherente a la autodefensa", sin ninguna
alusión directa a Hezbolá.
El texto alude, a un
"Anexo de Seguridad" que no se ha hecho público según el cual se
establecerán 2 zonas pilotos en el sur del Líbano, controladas actualmente por
Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) que en "repliegue gradual" pasarían
a las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL), quienes asumirán
"gradualmente" el control en estos territorios designados.
Las futuras zonas piloto
serán definidas conjuntamente por la FAL y FDI. Una vez confirmado el desarme
exitoso de los grupos armados no estatales y el desmantelamiento de su
infraestructura en estas regiones, las FAL asumirán la responsabilidad de
seguridad plena y efectiva en ellas, hasta que Tel Aviv considere que Beirut ha
cumplido con lo prometido.
Adicionalmente, Washington
se compromete a movilizar apoyo internacional para la reconstrucción del
Líbano, incluida ayuda humanitaria, programas de recuperación económica e
iniciativas de inversión. A su vez, acuerda "impedir que fondos destinados
a la reconstrucción lleguen a grupos armados no estatales o a entidades
vinculadas con ellos".
La ayuda militar
estadunidense al ejército libanés esta “estrictamente condicionada” al
cumplimiento de hitos establecidos y evaluados por Washington. Con ello,
Washington busca utilizar la asistencia económica como mecanismo de presión
para asegurar el cumplimiento del acuerdo.
En la práctica, los
fondos destinados a la reconstrucción avanzan a un ritmo mucho más lento que
las condiciones militares. Esto implica que Beirut debe avanzar primero en el
proceso de desarme, mientras la asistencia económica queda supeditada al cumplimiento
de dichas condiciones.
Tras la firma del
acuerdo, las partes crearán grupos de trabajo para negociar un tratado integral
de paz y seguridad, y ambos gobiernos actuarán de buena fe hasta alcanzar “una
paz plena y duradera, que brinde seguridad, estabilidad y prosperidad a los
pueblos de Israel y Líbano".
De igual forma, este
acuerdo habla de la retirada de Israel de territorio libanés, que se estipuló según
un calendario que el gobierno israelí determinará cuando
lo considere seguro, términos que se refieren al desarme de Hezbolá, y mientras
exista una amenaza para el acuerdo de paz.
Otro aspecto importante es
que Israel ha declarado: “no tener ambiciones territoriales en el Líbano”
mientras este, mantiene su posición y ataques en la región.
Finalmente, este acuerdo
cierra agradeciendo a Trump por su “visión y liderazgo”.
Esta hoja de ruta no
detalla fechas, plazos ni especifica cómo el modesto Ejército libanés, sin
capacidad real para defenderse y mucho menos para atacar, reemplazará a
Hezbolá, organización que mantiene una amplia presencia territorial. Desde su
origen, el acuerdo enfrenta serios problemas de implementación, gestión y
sostenibilidad.
Las partes involucradas
carecen de confianza mutua. De hecho, Israel ha continuado atacando distintas
localidades del sur del Líbano tras la entrada en vigor del acuerdo, mientras
las tensiones en Oriente Medio permanecen activas.
Varias reacciones
llegaron tras el anuncio, el presidente libanés, Joseph Aoun, saludó el acuerdo
y lo calificó como "un primer paso" hacia la restauración de la
soberanía del pueblo libanés, sin "ocupación",
"subordinación" ni "tutela".
Mientras tanto, una parte
importante de la población libanesa no considera este un verdadero acuerdo de
paz. En distintos puntos del país se han registrado marchas y manifestaciones
en rechazo al documento.
Por su parte, Hezbolá
duda de la veracidad del acuerdo, cuestiona la falta de legitimidad del estado para
firmar un acuerdo de paz y afirma que no permitirá que se aplique en el terreno;
el diputado de la organización, Hasán Fadlallah, aseguró que el pacto
constituye "un regalo al enemigo israelí" por parte del Gobierno
libanés y precisó que no afectará la capacidad de resistencia del grupo chií.
Igualmente, este, afirma
que la oposición ante el acuerdo es masiva, lo que impedirá su aplicación,
cumplimiento y permanencia, la organización reiteró que es dueña del territorio
y por tanto de lo que suceda en este. Aseguró que, Netanyahu, en la práctica
negociaba consigo mismo, ya que el gobierno libanés carece de legitimidad
constitucional y contractual y por tanto de medios reales para imponer su
voluntad.
Incluso, Hezbolá declaró que
los acuerdos van en contra de la constitución del Líbano, del artículo 52 y que
nadie cuenta con autoridad para levantar la enemistad con Israel.
Por otro lado, el jefe de
la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, afirmó que el acuerdo trilateral
establece "un marco para una paz y una seguridad duraderas". "Es
el comienzo del comienzo. Queda mucho trabajo por delante", agregó Rubio.
Asimismo, Netanyahu calificó
el acuerdo como un golpe directo a Irán, y afirma que las tropas israelíes no
abandonarán el sur del Líbano, independientemente de las exigencias de Teherán.
En Israel, el acuerdo recibió críticas de la oposición y también de sectores
del propio Gobierno.
Este acuerdo en Washington
se produjo en un contexto de renovadas tensiones en el Golfo, donde Irán
intenta ganar influencia en el proceso de negociaciones con la administración
Trump. Se han presentado múltiples intercambios bélicos en la región, Teherán
ejerce presión sobre el transporte comercial a través del estrecho de Ormuz,
una ruta clave para el suministro energético mundial.
Dicho acuerdo se enfrenta
a un escenario complejo. Su implementación y sostenibilidad dependen, en gran
medida, del compromiso de Hezbolá, organización que mantiene un amplio control
territorial y un importante respaldo ciudadano en el Líbano, pese a no haber
participado en las negociaciones.
Adicionalmente, el
gobierno libanés, que asumió el compromiso de implementar el acuerdo, enfrenta
importantes limitaciones internas. Cuenta con escasa legitimidad política, una
reducida presencia estatal, un ejército pequeño y poco preparado, limitada capacidad
técnica y una fuerte oposición interna. Todo ello dificulta que pueda cumplir
efectivamente las exigencias planteadas por Israel.
Además, el hecho de que
tanto Israel como el Líbano puedan ejercer "su derecho inherente a la
autodefensa", dejando claro que el acuerdo no limita esa facultad. Da
espacio a que el conflicto siga o que exista cualquier razón para extender
enfrentamientos.
Esto resulta coherente
con la postura adoptada por Israel, que no solo ha incumplido el espíritu del
acuerdo al continuar atacando territorio libanés, sino que tampoco estableció
plazos concretos para cumplir sus propios compromisos. Estos quedaron sujetos a
su propia valoración de las condiciones de seguridad, por lo que no parece
existir una verdadera intención de consolidar una paz duradera.
Asimismo, está Estados
Unidos como principal mediador del proceso. Aunque presiona a las partes para
alcanzar un acuerdo y promete apoyar al Líbano, las condiciones que impone
resultan difíciles de cumplir dadas las capacidades reales de Beirut. De esta
manera, Washington continúa proyectándose como garante de la estabilidad
regional, aunque las exigencias planteadas responden, en buena medida, a sus
propios intereses estratégicos.
Más que un acuerdo
exclusivamente orientado a la paz entre Tel Aviv y Beirut, este parece
responder también a una estrategia para debilitar la influencia de Irán y de
sus aliados regionales. Sin embargo, al dejar por fuera a Hezbolá y sin
fortalecer realmente las capacidades del Estado libanés, resulta difícil
imaginar una implementación efectiva. Mientras Teherán conserve influencia
sobre el estrecho de Ormuz y mantenga el respaldo de Hezbolá, el equilibrio
regional difícilmente cambiará de forma sustancial.
Es evidente que la
materialización de un acuerdo real, en las condiciones actuales, es bastante
distante, el gobierno libanés no cuenta con la capacidad estructural para
mantener este compromiso y Hezbolá que juega un papel fundamental en el
conflicto está excluido.
Israel logró incorporar
condiciones que le resultan favorables: varias de ellas poco precisas, abiertas
a interpretación y sujetas a su propia valoración sobre la seguridad. Incluso
después de la firma, ha continuado efectuando ataques en la región.
Falta por ver qué
sucederá. Sin embargo, la tensión en Oriente Medio continúa respondiendo a una
diplomacia tan compleja como contradictoria, donde la geopolítica parece
imponerse sobre la construcción de una paz real. Mientras la desconfianza sigue
marcando las relaciones entre los actores involucrados, quienes continúan
pagando el costo más alto son, una vez más, los ciudadanos de la región.
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