Canadá–Estados Unidos: cuando el comercio deja de ser integración y se convierte en poder.
Durante décadas, hablar de la relación entre Canadá y Estados Unidos era hablar de una de las alianzas económicas más integradas del sistema internacional. Una frontera prácticamente desmilitarizada, cadenas productivas profundamente interconectadas y acuerdos comerciales prósperos, hicieron de América del Norte uno de los principales espacios de integración económica, policita y militar del mundo. Sin embargo, hoy esa premisa está siendo cuestionada.
Luego
del fracaso de las negociaciones comerciales entre Ottawa y Washington el
21 de agosto, seguido por la entrada en vigor de nuevos aranceles
estadounidenses del 50% sobre aproximadamente US$20.000 millones de productos
canadienses; suceso que no representa únicamente otro episodio de la guerra
comercial impulsada por Donald Trump, representa algo mucho más profundo: la
transformación de una relación históricamente basada en la interdependencia a
una relación crecientemente condicionada por la asimetría de poder.
Ambos
países estuvieron cerca de alcanzar un acuerdo que habría reducido los
gravámenes estadounidenses sobre sectores estratégicos —incluidos automóviles,
acero y aluminio—, no obstante, el entendimiento se quebró en las últimas
horas. Parece ser que, el problema dejó de ser exclusivamente cuánto se
comercia y pasó a ser bajo qué condiciones se permite comerciar. Un cambio
netamente geopolítico, donde ya no está negociando únicamente acceso a
mercados.
Las
dinámicas de política arancelaria de Trump deben entenderse dentro de una
estrategia más amplia: utilizar el peso del mercado estadounidense como
instrumento de presión sobre aliados y socios, convirtiendo la dependencia
económica en capacidad de negociación política.
Canadá
es, precisamente, uno de los casos más complejos para esta estrategia, porque
la relación no es entre dos economías desconectadas. Es una relación de
dependencia histórica mutua, pero profundamente asimétrica. Canadá destina
alrededor del 70% de sus exportaciones a Estados Unidos. Para Ottawa, por
tanto, diversificar mercados no es una decisión coyuntural: es una necesidad
estratégica. Realidad que Washington sabe y en la que se para a negociar.
Y
cuando una potencia conoce que su socio necesita más el acceso a su mercado que
viceversa el comercio deja de funcionar únicamente como intercambio y comienza
a funcionar como palanca de poder.
Por
eso, los aranceles son tan importantes incluso cuando el volumen directamente
afectado no representa la totalidad del comercio bilateral. Los nuevos
gravámenes alcanzan aproximadamente el 5% de las exportaciones canadienses
hacia Estados Unidos, pero su impacto político es mucho mayor que su peso
estadístico.
Entonces,
este mensaje no está dirigido solamente a los productores de vino, lácteos,
ropa, cemento o equipos de hockey. Está dirigido a toda Canadá.
Y
aquí, aparece el segundo elemento que hace de esta crisis algo mucho más
interesante que una disputa comercial. La respuesta canadiense que apunto
a la autonomía dentro de la interdependencia.
Mark
Carney, primer ministro canadiense, ha decidido no aceptar cualquier acuerdo
simplemente para evitar el costo económico inmediato. Canadá suspendió las
negociaciones, después de considerar que los cambios introducidos por
Washington en la última etapa eran injustos y económicamente perjudiciales, y
asimismo, anunció una respuesta arancelaria equivalente. Decisión que es
arriesgada pero reequilibra el balance de poderes entre las partes.
Canadá
no tiene el mismo peso económico que Estados Unidos y sabe perfectamente que
una confrontación prolongada puede traducirse en pérdida de empleos, menor
crecimiento, presión sobre industrias estratégicas y mayores costos para
empresas y consumidores. Las estimaciones disponibles apuntan precisamente a un
deterioro significativo de la economía canadiense si la escalada continúa.
Pero
Carney, parece estar apostando por una lógica distinta: que existe un costo
económico mayor en aceptar una relación en la que las reglas pueden modificarse
unilateralmente que en soportar, al menos temporalmente, el costo de resistir.
Y
aquí, aparece una variable que Washington quizá está subestimando: la política
interna canadiense. La presión estadounidense puede terminar produciendo
exactamente lo contrario de lo que busca. En lugar de dividir a Canadá, puede
reforzar una identidad económica y política alrededor de la defensa de su
soberanía.
La
retórica de Trump sobre Canadá como eventual “estado número 51” tampoco es un
elemento anecdótico. En un contexto de presión comercial, esa narrativa
convierte una disputa económica en una cuestión de soberanía nacional. Y cuando
el comercio comienza a percibirse como instrumento de subordinación política,
el espacio para hacer concesiones disminuye considerablemente.
Es
así que el problema ya no es solo Canadá; lo más importante de esta crisis,
puede encontrarse fuera de la relación bilateral.
Canadá
está observando a Europa. Europa está observando a Canadá. México está
observando a ambos. Y las potencias medias en el resto del mundo también están
tomando nota.
Porque
si Estados Unidos está dispuesto a utilizar -como lo ha hecho hasta ahora- su
mercado para presionar a uno de sus aliados históricos más cercanos, la
pregunta para otros socios ya no es si existe una alianza, sino qué valor
conserva una alianza, cuando los intereses estratégicos entran en conflicto con
la política económica estadounidense. Esta es una cuestión especialmente
relevante para América del Norte.
Durante
décadas, Estados Unidos, Canadá y México construyeron una arquitectura
económica sustentada en cadenas regionales de producción. El USMCA, como su
antecesor el TLCAN han sido, en buena medida, institucionalización de esa
interdependencia. Pero la política arancelaria de Trump introduce una paradoja:
mientras Washington habla de fortalecer la competitividad norteamericana frente
a China y otras potencias, sus propias medidas están aumentando la
incertidumbre dentro de la región. Y, esa contradicción tiene
consecuencias estratégicas.
No
se puede construir una fortaleza económica solida regional, mientras sus
integrantes perciben que las reglas pueden convertirse en armas contra ellos.
Si
Canadá comienza a acelerar su diversificación comercial, profundizar sus
vínculos con Europa y Asia y reducir su vulnerabilidad frente al mercado
estadounidense, Washington puede terminar generando una consecuencia que
precisamente intenta evitar: una América del Norte menos cohesionada y supeditada
a sus intereses.
Carney
ya ha planteado explícitamente una estrategia de diversificación y
fortalecimiento interno, Canadá busca ampliar el acceso preferencial a otros
mercados. El punto de inflexión, entonces, no está únicamente en los
aranceles. Está en la confianza.
Y
aunque Estados Unidos continúa teniendo la posición dominante. Sería ingenuo
interpretar la respuesta canadiense como una equivalencia real de poder. No
parece serlo.
Pero
la geopolítica no siempre consiste en derrotar al adversario. Muchas veces
consiste en elevar el costo de que el adversario ejerza su poder sin límites.
Canadá
no puede competir con Estados Unidos en tamaño de mercado, capacidad militar o
peso financiero. Puede, sin embargo, utilizar otras herramientas: alianzas,
instituciones, diversificación comercial, recursos estratégicos, diplomacia y,
sobre todo, su posición dentro de las cadenas de suministro norteamericanas. En
estos términos es la verdadera batalla.
Washington
está intentando demostrar que el acceso a su mercado tiene un precio. Ottawa
está intentando demostrar que la soberanía también tiene un precio y que está
dispuesto a pagarlo.
Por
eso, los nuevos términos de intercambio económico podrían leerse menos como una
simple disputa sobre aranceles y más, como una renegociación del equilibrio de
poder dentro de América del Norte, que aún no termina.
Los
aranceles pueden reducirse. Las mesas de negociación pueden volver a abrirse.
Incluso puede aparecer un nuevo acuerdo. Pero, recuperar la confianza que
existía antes de esta escalada será mucho más difícil. Porque Canadá ya
recibió una señal: su relación con Estados Unidos puede seguir siendo
estratégica, indispensable e históricamente profunda, pero ya no puede darse
por sentada.
De
igual forma, Estados Unidos también debería tomar nota de algo. Una
potencia puede utilizar su dependencia económica como mecanismo de
presión. Pero, si utiliza esa presión demasiadas veces, puede terminar
convirtiendo la dependencia en incentivo para escapar de ella.
Ese
puede ser, paradójicamente, el mayor costo geopolítico de esta guerra comercial
para Washington: no perder el mercado canadiense, sino acelerar la búsqueda
canadiense de alternativas.
La
pregunta que queda abierta, entonces, no es cuánto durarán los
aranceles. Es mucho más profunda: ¿Cuánto puede tensarse una alianza
antes de que sus socios comiencen a construir su futuro precisamente para
depender menos de ella?
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