Ceuta: cuando la migración se convierte en geopolítica.
Lo ocurrido en España, con Ceuta Y Melilla vuelve a poner sobre la mesa una realidad que Europa lleva años intentando gestionar sin resolver: las fronteras migratorias de la Unión Europea también son espacios de disputa geopolítica.
Miles
de personas cruzaron desde Marruecos hacia el enclave español en el norte de
África. La llegada masiva provocó el despliegue del Ejército español, retornos,
muertes en el mar y una inmediata reacción política dentro y fuera de España.
Pero reducir la crisis a una cuestión de migración irregular sería quedarse en
la superficie.
Ceuta
y Melilla son mucho más que dos puntos de entrada a Europa. Son enclaves
españoles situados en el norte de África, reclamados históricamente por
Marruecos y convertidos, durante décadas, en puntos donde convergen soberanía,
seguridad, migración, diplomacia y competencia regional.
Y
precisamente ahí está la clave: la crisis de Ceuta no solamente habla de quién
cruza una frontera. Habla de quién tiene capacidad para presionarla.
Una
frontera con más de cinco siglos de historia.
Ceuta
y Melilla forman parte de España desde hace más de cinco siglos. Marruecos,
desde su independencia en 1956, mantiene su reivindicación territorial sobre
ambos enclaves y los vincula con una visión histórica del territorio que,
dentro del nacionalismo marroquí, se relaciona con el proyecto del llamado Gran
Marruecos.
Sin
embargo, el derecho internacional no considera a Ceuta y Melilla colonias y
Naciones Unidas no las incluye entre los territorios pendientes de
descolonización. En términos jurídicos, esto respalda su pertenencia a España.
La
disputa, por tanto, no desaparece: se transforma. Porque cuando una frontera
combina una reivindicación territorial histórica con una relación de
interdependencia económica, migratoria y de seguridad, cualquier crisis puede
convertirse en una herramienta de presión.
Eso
ya ocurrió en mayo de 2021, cuando Marruecos retiró controles fronterizos y
alrededor de 8.000 personas entraron en Ceuta en apenas dos días. El episodio
fue ampliamente interpretado como una represalia contra Madrid después de que
España permitiera recibir tratamiento médico a un líder independentista del
Sáhara Occidental. El precedente importa.
La
pregunta ahora no es solamente por qué miles de personas intentaron cruzar
hacia Ceuta, sino qué condiciones permitieron que una movilización de esa
magnitud alcanzara la frontera y qué actores pudieron beneficiarse política o
estratégicamente de ella.
Marruecos
y la capacidad de convertir la frontera en presión.
La
geopolítica no siempre opera mediante tanques, misiles o sanciones. También
puede hacerlo mediante dependencias.
España
necesita cooperación marroquí para controlar los flujos migratorios, combatir
redes criminales y gestionar una frontera que, por su propia geografía, no
puede controlar únicamente desde territorio español. Marruecos, a su vez,
mantiene intereses estratégicos frente a España y Europa, además de una disputa
regional de enorme importancia alrededor del Sáhara Occidental.
Ese
desequilibrio crea un espacio de poder. La ausencia de una respuesta temprana
de los guardias fronterizos marroquíes durante la avalancha hacia Ceuta deja
una pregunta incómoda: ¿fue incapacidad, negligencia, desbordamiento o una
forma deliberada de presión?
No
existe, a partir de estos hechos, una respuesta definitiva. Pero el precedente
de 2021 demuestra que Rabat ya ha utilizado —o, al menos, ha permitido que se
interprete como tal— la gestión migratoria como mecanismo de presión
diplomática.
La
temporalidad también resulta significativa: la crisis ocurrió apenas diez días
después de la visita de Pedro Sánchez a Argelia, en un contexto marcado por la
rivalidad entre Marruecos y Argelia y por la posición especialmente delicada de
España entre ambos actores. Por eso, Ceuta debe leerse dentro de un tablero
magrebí más amplio.
España:
frontera de Europa, pero no siempre Europa responde igual.
Aquí
aparece la segunda gran contradicción. España es, en la práctica, una de las
fronteras avanzadas de Europa frente a África. Sin embargo, cuando la presión
llega, la respuesta europea no es necesariamente uniforme.
La
reacción de los Estados miembros mostró nuevamente la naturaleza dual de la
Unión Europea: un bloque que pretende actuar como unidad geopolítica, pero que
continúa compuesto por 27 Estados con intereses, electorados, percepciones de
seguridad y prioridades nacionales diferentes.
Mientras
Ursula von der Leyen calificó las imágenes de Ceuta de “inaceptables”, Francia
ofreció apoyo a Madrid; Alemania respaldó la intención española de impedir
entradas irregulares; y Portugal evaluó reforzar controles.
Pero
Italia fue más lejos. Giorgia Meloni vinculó la situación con una amenaza a la
seguridad europea y suspendió temporalmente la aplicación del acuerdo Schengen
sobre libre circulación con España. Finlandia y Dinamarca respaldaron esa
posición, mientras desde República Checa incluso se planteó una suspensión
temporal de España del espacio Schengen.
La
reacción revela una paradoja: cuando una frontera exterior se tensiona, la
respuesta europea puede desplazarse rápidamente desde la solidaridad hacia la
defensa de los intereses nacionales.
España,
además, acusó a algunos gobiernos europeos de utilizar la crisis para hacer
política interna.
Y
aquí aparece una dimensión particularmente relevante: la migración ya no es
solamente una cuestión humanitaria o de seguridad; también es un activo
político para los gobiernos que enfrentan presiones electorales y para
movimientos populistas que buscan convertir las fronteras en símbolos de
soberanía nacional.
La
frontera también se pelea en el terreno de la información.
Hay otro actor que no puede ignorarse: las redes sociales. La difusión de información sobre la posibilidad de cruzar hacia Ceuta sin encontrar una resistencia inmediata contribuyó a movilizar a miles de personas. La frontera física fue acompañada por una frontera digital. La información modificó el comportamiento colectivo.
Miles
de personas llegaron impulsadas por una expectativa construida en internet y,
una vez en Ceuta, encontraron una realidad radicalmente distinta: sin comida
suficiente, refugio o una vía directa hacia Europa continental, muchos
terminaron regresando a Marruecos.
Esto
demuestra que las nuevas dinámicas migratorias no pueden analizarse únicamente
desde las fronteras terrestres o marítimas. Las redes digitales también pueden
acelerar, amplificar y transformar una crisis geopolítica.
El
problema que Europa no quiere mirar.
Y
quizá la pregunta más incómoda sea esta: ¿hasta qué punto los migrantes fueron
instrumentalizados?
El
paralelismo con otras crisis europeas, como la frontera entre Bielorrusia y la
UE, resulta inevitable. En ambos casos aparece una posibilidad que Europa debe
considerar seriamente: que los movimientos migratorios puedan ser aprovechados
o manipulados por actores estatales o redes de poder para generar presión
política sobre la Unión. Pero existe una diferencia fundamental.
Instrumentalizar
una población no significa necesariamente que cada persona que cruza sea parte
de una operación organizada. Significa que la vulnerabilidad de esas personas
puede convertirse en un recurso dentro de una disputa de poder.
Y
ahí está uno de los aspectos más duros de la crisis de Ceuta: mientras los
gobiernos discuten seguridad, soberanía, Schengen y control fronterizo, quienes
terminan pagando el costo inmediato son las personas que cruzan. Al menos 72
personas murieron intentando llegar al territorio español.
Una
crisis localizada con consecuencias transnacionales.
Ceuta
puede parecer pequeña en el mapa. Geopolíticamente, no lo es. En pocos días, la
crisis involucró a España, Marruecos, Argelia, la Unión Europea y, de manera
indirecta, a Estados Unidos, Israel y Rusia. Washington ha profundizado sus
vínculos con Marruecos y su posición sobre la soberanía de Ceuta y Melilla
añade una dimensión estratégica a una disputa que ya excede la migración.
Israel también ha dado eco a esa posición, mientras Rusia puede encontrar en la
división europea una oportunidad para debilitar la cohesión de los aliados de
Ucrania.
La
red de actores importa porque demuestra que una crisis fronteriza puede
convertirse rápidamente en una crisis de alianzas.
Y
mientras Europa prepara reuniones de emergencia para reforzar sus fronteras
exteriores y eliminar los llamados “factores de atracción”, vuelve a aparecer
la pregunta que lleva años persiguiendo a la Unión: ¿puede Europa construir una
política migratoria común cuando sus Estados miembros siguen interpretando la
seguridad desde intereses nacionales diferentes?
Ceuta
no cambió radicalmente el equilibrio de poder. Pero sí volvió a revelar dónde
están sus fracturas.
La
verdadera lección de Ceuta no es que Europa tenga una frontera difícil de
controlar. Es que sus fronteras exteriores pueden convertirse en espacios de
presión, sus migraciones en instrumentos de negociación y sus divisiones
internas en oportunidades para actores externos.
La
crisis puede estabilizarse. Las personas pueden ser devueltas. Las boyas pueden
instalarse y los controles pueden reforzarse.
Pero
mientras Europa siga respondiendo a cada episodio como una emergencia aislada,
sin resolver las dependencias estratégicas que existen detrás de ellos, Ceuta seguirá
siendo menos una excepción que un síntoma de un problema mucho mayor: el de una
Europa que quiere actuar como potencia geopolítica, pero que todavía no
consigue hablar con una sola voz cuando sus fronteras son puestas a prueba.
Comentarios
Publicar un comentario