Bab el-Mandeb: cuando controlar un estrecho es controlar la incertidumbre.
En geopolítica, controlar un territorio no siempre significa ocuparlo por completo. A veces, basta con controlar el punto exacto o un tramo en donde el mundo no puede permitirse detenerse.
Eso, es precisamente lo que está ocurriendo con Yemen. En cuestión de días, los hutíes avanzaron sobre la ciudad portuaria de Mocha y la estratégica isla de Perim —Mayun—, ubicada prácticamente en el corazón del estrecho de Bab el-Mandeb. El movimiento no es simplemente una nueva victoria territorial dentro de la guerra civil yemení: es una apuesta por convertir una posición geográfica en una herramienta de poder regional y, potencialmente, global.
Y aquí, aparece, el verdadero problema: los hutíes no necesitan cerrar el estrecho de el-Mandeb totalmente para demostrar que pueden utilizarlo como un arma geopolítica. Les basta con demostrar que pueden hacerlo.
El estrecho de Bab el-Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, por extensión, con el océano Índico. Es uno de los grandes puntos de estrangulamiento del comercio mundial y forma parte de la ruta marítima que conecta Asia con Europa a través del canal de Suez, y que ha tomado mayor relevancia luego del conflicto entre Iran-Israel y Estados Unidos en el Estrecho de Ormuz. Por eso, cuando un actor armado consigue posicionarse en sus inmediaciones, deja de ser solamente un problema doméstico y comienza a convertirse en un problema sistémico.
En este contexto, reducir esta ofensiva de los hutíes a una simple operación mayor de Irán a través de un grupo proxy sería casi, un error. Ya que este grupo no es solamente una pieza iraní, este pertenece a la comunidad zaidí, una rama del islam chií históricamente asentada en el norte de Yemen. Su movimiento surgió de condiciones internas concretas: pobreza, marginación, disputas por representación política y una narrativa de defensa frente a lo que consideraban una progresiva pérdida de influencia de su comunidad.
La trayectoria de los hutíes, de hecho, demuestra precisamente por qué no pueden entenderse únicamente como una extensión de Teherán. Desde la toma de Saná en 2014, los hutíes han evolucionado de movimiento insurgente a actor político-militar con capacidad territorial, tecnológica y estratégica. Han sobrevivido a años de intervención militar saudí, han desarrollado capacidades de drones y misiles y han aprendido a convertir la geografía yemení —especialmente sus montañas y su costa— en una ventaja militar.
Irán asimismo, ha sido fundamental en esa evolución. Teherán les proporciona apoyo, tecnología, entrenamiento e influencia estratégica, aunque mantiene la narrativa de que los hutíes actúan de manera independiente. Y, en cierta medida, ambas cosas pueden ser ciertas: una alianza no elimina necesariamente la autonomía del aliado.
Ahí, aparece una de las mayores fortalezas hutíes. Son útiles para Irán precisamente porque tienen agenda propia. Forman parte del denominado “Eje de la Resistencia”, junto con Hezbollah, Hamas y diversas milicias iraquíes, pero cada actor responde también a dinámicas nacionales y territoriales particulares. El resultado es una red de poder mucho más compleja que una estructura jerárquica en la que Teherán simplemente da órdenes y sus aliados obedecen.
La verdadera ventaja iraní está en otra parte: multiplicar los puntos desde los cuales puede presionar a sus adversarios. Y aquí Bab el-Mandeb adquiere una importancia extraordinaria.
Sobde todo en medio del contexto de guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel y con el centro en el estrecho de Ormuz convertido en uno de los principales escenarios de presión energética. Bab el-Mandeb dejo de ser una ruta secundaria y se convirtió en una alternativa estratégica. Situación que Arabia Saudita sabe y ha sabido aprovechar.
Con Ormuz comprometido, Riad había incrementado su dependencia del oleoducto Este-Oeste para transportar petróleo hacia el mar Rojo y evitar el cuello de botella del golfo Pérsico. Pero mientras los hutíes consolidaban posiciones frente a Bab el-Mandeb, un ataque con drones procedentes de Irak obligaron a cerrar temporalmente ese oleoducto, aumentando todavía más la presión sobre el reino. La coincidencia es geopolíticamente brutal.
Así queda el estrecho de Ormuz comprometido por un lado, el de Bab el-Mandeb amenazado por el otro y el comercio global en incertidumbre total.
Lo que parecía ser una guerra concentrada en una región concreta comienza así a comportarse como una red de interrupciones. Un ataque en Irak afecta a Arabia Saudita; una ofensiva en Yemen afecta al mar Rojo; el cierre de una ruta energética afecta al precio internacional del petróleo; y el aumento del riesgo marítimo termina trasladándose a empresas, consumidores y economías situadas a miles de kilómetros del conflicto.
Esta, es la verdadera dimensión del poder geopolítico de los hutíes. No necesitan tener una economía comparable a la saudí. No necesitan una fuerza aérea equivalente a la estadounidense. No necesitan controlar un territorio gigantesco. Necesitan controlas un punto que los demás requieren. Y acá, surge una forma de poder extraordinariamente eficiente.
Sobre el papel, la comparación militar parece absurda. Arabia Saudita posee recursos financieros, armamento moderno y alianzas internacionales gigantes. Los hutíes por su parte, operan desde uno de los países más pobres y devastados por la guerra del mundo. No obstante, la guerra rara vez se decide únicamente por quién tiene más recursos.
Arabia Saudita ya experimentó durante años el costo de intentar derrotar militarmente a los hutíes. El resultado fue una guerra prolongada, enormes costos económicos y humanitarios y, finalmente, una tregua mediada por Naciones Unidas en 2022. Por esto, Riad enfrenta ahora un dilema.
Si no responde, puede permitir que los hutíes consoliden una posición estratégica que aumente su capacidad de presión sobre su territorio. Pero, si responde con una campaña militar de gran escala, puede reabrir una guerra que había intentado contener y, peor aún, convertir Yemen en otro frente directo dentro de la confrontación entre Irán y sus adversarios.
Entonces, Arabia Saudita no solamente debe preguntarse qué puede destruir; debe preguntarse qué conflicto está dispuesto a crear al hacerlo. Y esto parece explicar parte de la cautela saudí.
La administración Trump, por su parte, tampoco parece dispuesta a asumir automáticamente el costo de una intervención militar directa. Estados Unidos ha limitado su apoyo a Riad principalmente al intercambio de inteligencia, mientras el avance hutí aumenta la presión sobre Washington para decidir cuánto está dispuesto a involucrarse.
Aquí, aparece otra variable fundamental: la credibilidad de las alianzas. Si los aliados regionales perciben que Estados Unidos ya no está dispuesto a garantizarles protección militar ilimitada, comenzarán a diversificar sus opciones. De hecho, la presión actual ya está empujando a los Estados del Golfo a reconsiderar su relación con Irán y a explorar nuevamente canales diplomáticos.
Paradójicamente, incluso, la presión hutí podría terminar produciendo algo que parecía improbable: una nueva búsqueda de entendimiento entre algunos Estados Árabes es Iran. Por lo tanto, el gran beneficiado no necesariamente podría ser Yemen. Y quizás, esta es la contradicción más dolorosa. Mientras los actores regionales convierten Yemen en un tablero de poder, los yemeníes continúan pagando el costo.
La ofensiva ha reactivado una guerra que permanecía relativamente contenida desde 2022, provocando nuevos desplazamientos y profundizando una crisis humanitaria que ya era devastadora dentro de una nación en desarrollo. Yemen vuelve a convertirse así en el escenario donde otros actores proyectan sus intereses.
Para Irán, Bab el-Mandeb ofrece profundidad estratégica y capacidad de presión; para los hutíes, ofrece territorio, legitimidad interna y una herramienta de negociación; para Arabia Saudita, constituye una amenaza directa a su seguridad energética; para Estados Unidos, representa otro punto de presión sobre las rutas marítimas y sobre su capacidad de garantizar seguridad a sus aliados; para Egipto, cualquier interrupción prolongada amenaza una de sus arterias económicas más importantes: el canal de Suez; para las compañías navieras, significa mayores seguros, rutas más largas y mayores costos. Mientras, para el resto del mundo, significa inflación energética, incertidumbre comercial y una nueva vulnerabilidad en las cadenas globales de suministro.
Por esto, es evidente que el mayor peligro no es que mañana desaparezcan todos los barcos del estrecho. El verdadero riesgo es la incertidumbre. Un barco que puede ser atacado cambia de ruta. Una aseguradora que percibe mayor riesgo aumenta sus primas. Una empresa que teme retrasos modifica su cadena logística. Un país que teme escasez compra más petróleo. El mercado reacciona antes de que ocurra el desastre. El poder de un chokepoint. y la nueva geopolítica del cuello de botella.
En consecuencia, lo que esta pasando en Bab el-Mandeb es, en realidad, una expresión de algo mucho más grande: la transformación de las rutas comerciales en instrumentos de coerción geopolítica.
Durante décadas, la globalización construyó una enorme interdependencia económica. Pero esta misma creó vulnerabilidades, el comercio mundial necesita del Suez, Europa necesita energía, Asia necesita rutas marítimas, Arabia Saudita necesita exportar petróleo, Estados Unidos necesita garantizar la circulación internacional, y en paralelo, todos ellos necesitan que determinados corredores comerciales permanezcan abiertos.
Por eso, quien controla, amenaza o desestabiliza esos puntos obtiene algo que no necesariamente se mide en kilómetros cuadrados, adquiere: capacidad de negociación. Los hutíes han entendido esta lógica. Su objetivo no parece ser simplemente conquistar territorio yemení. Es convertir su posición geográfica en relevancia política. Y lo están consiguiendo.
La captura de Mocha y la llegada a Perim en territorio del estrecho representan, por tanto, mucho más que una expansión militar. Significan que un actor no estatal, surgido de una insurgencia local y respaldado por una potencia regional, puede alterar las variables estratégicas de Arabia Saudita, Irán, Estados Unidos, Israel, Egipto y del comercio mundial, prácticamente desde una franja de territorio extremadamente pequeña. Esto es poder geopolítico real.
No necesariamente el poder de conquistar el mundo, sino el poder de hacer que el mundo tenga que reaccionar ante ti. Y tal vez, esta sea la lección más importante de Bab el-Mandeb: en un sistema internacional cada vez más fragmentado, los grandes poderes ya no son necesariamente quienes poseen más territorio o más armas. En ocasiones, el actor más peligroso es aquel que logra colocarse exactamente donde todos los demás necesitan pasar.
Y, mientras Ormuz y Bab el-Mandeb permanezcan simultáneamente bajo presión, la guerra de Oriente Medio dejará de ser únicamente una guerra regional e involucrara al resto del mundo. Seguirá siendo una disputa por quien tiene la capacidad de abrir o cerrar las arterias por las que circula el mundo, demostrando que el capitalismo re equilibra poderes por encima de cualquier otra variable.
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