El giro nuclear de Washington.
En la madrugada del 22 de junio
(hora local), Estados Unidos emprendió un ataque contra las instalaciones
nucleares iraníes, ingresando oficialmente al conflicto entre Israel e Irán. La
comunidad internacional reaccionó de inmediato, con un amplio rechazo
acompañado de llamados a rebajar las tensiones para evitar una escalada con
consecuencias imprevisibles. Incluso se lanzaron amenazas de represalias.
Esta ofensiva estremeció al
mundo, significó un giro definitivo en el conflicto y marcó la entrada oficial y
sin retorno de EE. UU. a la guerra, transformando el panorama internacional,
polarizando a las naciones y dejando ver que mucho más se mueve tras
bambalinas.
Trump ordenó bombardear tres
instalaciones nucleares iraníes: Fordo, Natanz e Isfahán. En la operación se
utilizaron bombas antibúnker GBU-75 y 30 misiles Tomahawk (armamento exclusivo
de EE. UU.), bajo el argumento de detener la producción de armas nucleares por
parte de Irán. Tras el ataque, que Washington calificó como exitoso, el
mandatario afirmó que si Irán no detenía su programa de enriquecimiento de
uranio, habría más ataques, con “precisión, velocidad y habilidad”, y advirtió
que cualquier represalia sería considerada una escalada mayor.
El ataque golpeó directamente
pilares del gobierno de los ayatolás: el orgullo nacional, el prestigio
regional y el corazón del programa nuclear. Irán reconoció haber recibido un
golpe duro, aunque intentó minimizar el impacto. Declaró que “se reserva todas
las opciones para defender su soberanía, sus intereses y a su pueblo”. En
paralelo, la mayoría de las naciones, como Pakistán y organismos como la ONU,
rechazaron el ataque, llamando al diálogo diplomático. Las únicas excepciones
claras fueron Israel, que aplaudió la ofensiva, y Reino Unido. Incluso dentro
de EE. UU., las críticas han sido extensas, y es probable que esto afecte aún
más la imagen de la administración actual. Es claro que Estados Unidos ha
cambiado el tono y el curso del conflicto en Medio Oriente.
Poco después, la Comisión de
Regulación Nuclear de Arabia Saudita, la Organización de Energía Atómica de
Irán y el OIEA informaron que no se había detectado un aumento en los niveles
de radiación. Sin embargo, el riesgo de fuga sigue latente y su posible impacto
es incierto.
Ahora, todas las miradas están
puestas en la respuesta del ayatolá, que según expertos podría tomar tres
rutas:
- No responder militarmente, optar por la diplomacia
y evitar una escalada mayor, lo que debilitaría aún más a un régimen ya
golpeado.
- Responder de forma inmediata, atacando alguna de
las 19 bases militares de EE. UU. en la región (Irak, Bahréin, Egipto,
Jordania, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes), o incluso
infraestructuras petroleras cercanas. También está sobre la mesa el
posible cierre del estrecho de Ormuz, clave para el tránsito de petróleo y
gas global, aunque esta medida conllevaría una escalada regional aún más
crítica.
- Venganza a largo plazo, rearmarse, esperar el
momento oportuno y lanzar una ofensiva sorpresiva contra múltiples
objetivos estratégicos, una táctica de guerra asimétrica que Irán ha usado
anteriormente.
A la hora de este escrito, Irán
no ha anunciado oficialmente su decisión.
El giro del conflicto es
evidente. El discurso ambiguo de Trump, que en campaña prometía reducir la
injerencia global de EE. UU., contrasta con este ataque masivo, realizado con
tecnología de punta y amenazas abiertas. La administración enfrenta baja popularidad,
una economía frágil y un contexto interno tenso. Por eso, este acto podría ser
también una jugada para fortalecer su liderazgo. Sin embargo, genera más
incertidumbre sobre la verdadera línea de acción de Washington.
La comunidad internacional, como
es habitual, se ha limitado a rechazar el ataque, sin pasar a acciones
concretas. Nadie quiere confrontar al gigante estadounidense, especialmente
cuando su comportamiento es tan impredecible.
Mientras tanto, Israel continuará
refugiándose bajo el ala de EE. UU., ya que no puede sostener solo una guerra
de largo aliento contra Irán, especialmente por sus altos costos, como el
mantenimiento de la Cúpula de Hierro.
Ahora, el curso del conflicto
está en manos de Irán. Su estrategia de paciencia, guerra indirecta y uso de
aliados regionales le da margen para decidir cómo y cuándo actuar. Tiene dos
caminos difíciles: ceder a la presión internacional o escalar el conflicto, lo
cual puede tener consecuencias imprevisibles, incluso catastróficas.
El tablero global se mueve. La
transformación geopolítica es palpable, las piezas están en juego, y las
decisiones que se tomen ahora marcarán el futuro de la región y del mundo
entero.
Excelente artículo y las tres opciones que tiene Irán en estos momentos. Seguiré este excelente Blogspot , esperando más artículos. Felicitaciones
ResponderBorrarHay dos ingredientes adicionales que vale la resaltar: por un lado la actitud casi expectante de Rusia y China y por otro la demostración de fuerza gringa, que deja entrever que aun tiene mucho que mostrar de su poderío naval y aéreo....
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