El camino a la paz en Europa.
Desde el 15 de agosto, el mundo volvió a fijar la atención total en el conflicto Ucrania-Rusia, luego de que Trump se reuniera con Putin en Alaska el viernes pasado y, después, el 18 de agosto, con Zelenski y varios mandatarios europeos en Washington. El objetivo de estas cumbres ha sido abrir el diálogo hacia un proceso de paz en la región y para el resto del mundo. Tras las conversaciones, que ya han impactado el escenario internacional, se espera que pronto se realice una nueva cita donde los líderes involucrados hablen sobre el curso de la guerra.
Estos encuentros marcan
un nuevo capítulo geopolítico. Empezando por la cumbre en Alaska, donde por
primera vez en años Putin y un presidente estadounidense sostuvieron una
reunión oficial. Ambos resaltaron lo fructífero del encuentro, aunque pocos
detalles se conocen sobre lo que se dialogó. Se presume que se centró en los
términos de un eventual acuerdo de paz en Europa y los límites territoriales.
En este contexto es
evidente cómo Trump transformó su discurso sobre el alto al fuego. Antes de la
reunión fue enfático, incluso con amenazas en la necesidad de un cese bélico
para abrir paso a los diálogos de paz. Tras el encuentro, su postura se mostró
más flexible, menos específica y más abierta a llegar a un acuerdo sin detener
previamente los enfrentamientos, alineándose con las afirmaciones de Putin.
También resalta la
ausencia de Ucrania en dicha reunión. Se ha mencionado que Alaska fue una
plataforma para que Putin y Trump pactaran el rumbo de la paz bajo sus propios
términos, sin tener en cuenta a Kiev. Algo que aún está en desarrollo.
El lunes 18 de agosto,
Zelenski, acompañado de líderes europeos, se reunió con Trump en la Casa Blanca
por primera vez desde el incidente diplomático de febrero. Un tono más amable y
cercano, un cambio de atuendo del mandatario ucraniano y un discurso
notoriamente más abierto y agradecido marcaron la pauta de este encuentro en
Washington. Primero se reunieron los jefes de Estado de EE. UU. y Ucrania, para
luego dialogar con los líderes europeos, quienes reafirmaron su apoyo
tradicional a Kiev mostrándose como un bloque y subrayando su presencia en
temas internacionales.
Los presidentes de
Francia y Finlandia, Emmanuel Macron y Alexander Stubb; los jefes de Gobierno
de Alemania, Reino Unido e Italia, Friedrich Merz, Keir Starmer y Giorgia
Meloni; además del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y la presidenta
de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, estuvieron presentes respaldando
a Zelenski en Washington. Todos se mostraron unidos, alabaron la intervención
de EE. UU. y resaltaron la importancia de un alto al fuego previo a cualquier
acuerdo, así como de establecer garantías para una paz real y duradera que
proteja al país de un nuevo ataque ruso. También se programó en los próximos
días una nueva reunión de mandatarios europeos para definir la ruta de acción a
seguir.
Todo este contexto
constituye un avance que establece un nuevo escenario internacional, en el que
es viable un acuerdo de paz y en el que, de alguna manera, todas las partes
empiezan a actuar como actores activos. Por primera vez desde que Trump llegó a
la Casa Blanca y tras varios intentos, se habla de nuevos encuentros y de un
deseo extendido de alcanzar la paz en términos reales, con espacio también para
Europa como actor relevante.
No obstante, la paz solo
será posible con una declaración de alto al fuego en todos los frentes, la
devolución de los ciudadanos ucranianos cautivos y las garantías de seguridad
necesarias y a largo plazo.
En ese marco aparecen
temas centrales como las posibles concesiones territoriales por parte de
Ucrania. Se habla de un intercambio de territorios, una propuesta de Moscú y un
cambio notorio en el discurso de Washington tras la reunión de Alaska, lo que implicaría
que Kiev cedería a Rusia la soberanía de regiones como Donetsk y Lugansk. Esto
es algo que Ucrania ha insistido en calificar de intolerable y que, además,
resulta inconstitucional según su Carta Magna. Este punto sería el eje central
que podría determinar el curso de la guerra.
Adicionalmente, aunque se
habló poco, está sobre la mesa la idea de que EE. UU. y sus aliados europeos
ofrezcan a Ucrania un compromiso de seguridad colectiva similar al de la OTAN,
aunque sin ingreso formal a la alianza. Esto significaría una protección
parecida a la del Artículo 5 de la Carta Atlántica, en la que un ataque armado
contra un miembro se considera un ataque contra todos. Este es, de hecho, uno
de los principales motivos por los que Kiev busca ser parte de la organización.
Lo anterior evidencia la
doble postura de Estados Unidos: por un lado, sigue financiando a Ucrania con
paquetes millonarios de ayuda militar y se muestra públicamente amigable; por
otro, se filtran rumores de que presiona a Zelenski para aceptar concesiones y
abrir la puerta a un acuerdo más cercano a las pretensiones de Putin. Es el
juego diplomático impredecible de Trump, fiel a su estilo, buscando lograr su
objetivo a cualquier costo.
Paralelamente, Rusia, con
su tradicional postura abierta al diálogo —pero en sus propios términos— sabe
que mientras más se alargue la guerra, más se debilitan Ucrania y la unidad
europea. Si EE. UU. suaviza su postura y se acerca a los intereses del Kremlin,
Moscú puede reforzarse como potencia inevitable en las negociaciones, ganar
terreno y obtener beneficios en torno a los límites territoriales posguerra.
Además, se proyecta hacia Occidente como un actor más cercano y pragmático.
Por otro lado, Europa,
que logró estar en el encuentro y demostrar su respaldo a Ucrania, subrayó la
importancia de establecer garantías de seguridad que protejan al continente de
un nuevo ataque ruso. Sin embargo, sus líderes están atrapados: cansados del
costo de la guerra, pero incapaces de quedar como traidores de Kiev. Se debaten
entre defender valores o cuidar sus economías. Este encuentro fue prometedor,
pero habrá que esperar qué deciden en su próxima cumbre, aunque no se esperan
mayores cambios.
Y también está Ucrania.
Zelenski mostró un cambio total en su estrategia, más cercano a ganarse la
simpatía de Trump en comparación con febrero. En medio de su dependencia del
apoyo estadounidense y la presión que esto genera, del desgaste interno y de la
vigilancia de la UE, buscó mantenerse fuerte sin ceder territorio, cuidar sus
intereses y mostrarse versátil, respaldado por Europa y dispuesto al diálogo.
En conclusión, tras estas
reuniones se puede ver que: Trump prepara un posible encuentro entre Putin y
Zelenski; Washington ha cambiado su postura sobre el alto al fuego tras la cita
en Alaska; las garantías de seguridad para Ucrania y para Europa siguen siendo
imprescindibles; y, aunque aún no hay total claridad sobre el rumbo, sí existe
la intención tácita de EE. UU. de posicionarse como garante. Todo esto, en una
reunión que fue mucho más cordial que la de febrero.
Aun falta ver como se sigue desarrollando este escenario geopolítico tan trascendental, esperando que se logre un acuerdo que beneficie a los involucrados, sobre todo a Ucrania y las personas de todos los bandos que durante la guerra han sido violentadas.
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