EEUU en el Cáucaso.

 El viernes 8 de agosto se firmó en Washington, con la mediación de Donald Trump, un acuerdo histórico entre Armenia y Azerbaiyán para poner fin a más de 40 años de conflicto en el Cáucaso. El pacto, alcanzado entre el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, y el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinián, no solo supone un alto al fuego en la región: también asegura la presencia y explotación por parte de Estados Unidos del estratégico corredor de Zangezur. Este paso conecta Azerbaiyán continental con su región de Najicheván fronteriza con Turquía, aliada de Bakú, a través de territorio armenio, y reconfigura el tablero geopolítico, debilitando a potencias históricas como Rusia, Turquía e incluso Irán.

El Cáucaso arrastra tensiones desde mediados del siglo pasado. Armenia y Azerbaiyán se disputan el control de Nagorno Karabaj, República de Artsaj, una zona en el límite fronterizo entre ambos, con profundas diferencias religiosas y culturales, pero compartida durante siglos. El corredor es clave: une Eurasia y es rico en recursos energéticos. Durante décadas, el territorio fue escenario de escaladas militares que potencias regionales como Rusia lograron contener parcialmente. Sin embargo, desde 2023 y con la guerra en Ucrania, el equilibrio cambió, dando paso a la última gran confrontación.

Tras la ofensiva relámpago de 2023, Azerbaiyán recuperó todo Karabaj. Armenia, limitada militarmente, recurrió a la diplomacia, aunque las negociaciones se estancaron pronto. En el último año, sin embargo, Bakú y Ereván lograron avances hacia la normalización de relaciones, alcanzando su punto decisivo en Washington con la firma de este acuerdo de paz.

El texto completo del tratado aún no es público, pero se sabe que otorga a Washington el control del corredor de Zangezur durante casi un siglo. La ruta, bautizada como “la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional” en ingles, “Trump Route for International Peace and Prosperity” (TRIPP), unirá a Azerbaiyán con Najicheván a través de Armenia, bajo supervisión y explotación estadounidense.

La noticia desató reacciones encontradas. Occidente celebró el fin del conflicto y elogió la mediación de Trump, destacando el potencial de crecimiento regional. En contraste, los países vecinos rechazaron la injerencia de Washington, acusándolo de buscar debilitar a sus aliados históricos.

Rusia, que durante años actuó como mediador y mantiene una presencia militar reducida en Armenia, aceptó la paz pero criticó la llegada estadounidense, afirmando que el acuerdo “marca la expulsión de Rusia del Cáucaso y la entrada de Estados Unidos”. Irán, aliado tradicional de Armenia, lo calificó de “complot político” que amenaza la seguridad regional y advirtió que la ruta podría convertirse en un “cementerio” para mercenarios de Trump. Turquía, cercana a Rusia y miembro de la OTAN, mantiene por ahora una postura cautelosa, aunque se esperan declaraciones matizadas en los próximos días.

El pacto también disuelve oficialmente el Grupo de Minsk de la OSCE, que durante décadas intentó sin éxito resolver el conflicto. Además, levanta las restricciones impuestas en 1992 por Estados Unidos a la cooperación militar con Azerbaiyán.

En lo práctico, la conexión física entre Azerbaiyán y Najicheván, hoy separadas por 32 km de territorio armenio facilitará la normalización de relaciones, el tránsito de recursos energéticos y el comercio. Para Bakú, con una industria petrolera y gasífera robusta y vínculos con Rusia, Israel y la Unión Europea, esto supone una ventaja económica y estratégica. Para Armenia, puede abrir un camino hacia la estabilidad regional.

El mayor beneficiado es Estados Unidos: asegura acceso estable a un corredor energético y geopolíticamente clave, consolida la imagen de Trump como mediador y debilita a rivales como Rusia, Irán y Turquía. Esto se produce justo antes de reuniones críticas con Moscú y en un contexto de creciente fricción con Teherán.

Aunque es pronto para medir su impacto real, este acuerdo redefine el equilibrio regional, favoreciendo a EE. UU., Azerbaiyán y Armenia, mientras deja a Rusia e Irán en una posición más frágil. Lo que está claro es que la geopolítica del Cáucaso ya no volverá a ser la misma.

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