El Estado Palestino.

 El conflicto en Gaza parece estar dando un giro que podría cambiar su curso, ya que algunos países han afirmado públicamente que pretenden reconocer al Estado palestino antes de la próxima Asamblea General de la ONU, el 9 de septiembre de 2025.

Este anuncio surgió por iniciativa francesa, entre el 28 y 29 de julio en Nueva York, durante una conferencia de la ONU. Además de Francia, otros miembros del G20 participaron en el anuncio: Reino Unido, Canadá y Australia forman parte del actual llamado. Los demás países firmantes son: Andorra, Finlandia, Islandia, Irlanda, Luxemburgo, Malta, Nueva Zelanda, Noruega, Portugal, San Marino, Eslovenia y España.

El momento es de por sí bastante coyuntural; no obstante, pareciera tratarse de una estrategia internacional de presión para forzar un alto al fuego en Gaza. Esto representa un giro diplomático histórico que pone en jaque a EE. UU. y plantea nuevas oportunidades y tensiones en la mediación internacional, con Palestina avanzando de símbolo a actor diplomático real.

Este gesto desafía la postura histórica de EE. UU., Israel y sus aliados, que no solo han negado a Palestina la posibilidad de ser un Estado oficial, sino que han realizado una campaña negativa sistemática durante décadas. Tras el anuncio, Tel Aviv expresó un tajante descontento, acompañado de advertencias, afirmando que “establecer un Estado palestino hoy es establecer un Estado de Hamás, un Estado yihadista”, y que eso “no va a pasar”. Mientras tanto, Washington ha guardado silencio. Alemania e Italia tampoco han mostrado una reacción clara. Paralelamente, la decisión fue celebrada por Palestina y por varios países árabes, quienes ven en ella una oportunidad para legitimar el territorio y transformar el curso de la guerra.

El anuncio ampliaría la lista de 149 de los 193 países miembros de la ONU que reconocen a Palestina como Estado. Hasta ahora, la mayoría de estas naciones pertenecen a África, Asia, América Latina y Oceanía, incluido el Vaticano. Sin embargo, este nuevo respaldo desde potencias del G20 representa un hito diferenciador por su peso e impacto en la política internacional.

De forma directa, Francia y Reino Unido buscan ejercer presión sobre Israel. El primer ministro británico, Keir Starmer, anunció que su nación reconocerá al Estado de Palestina en septiembre, a menos que Israel adopte “medidas sustanciales” en Gaza, incluido un acuerdo de alto al fuego. Por su parte, el presidente francés, Emmanuel Macron, declaró que Francia formalizará su reconocimiento durante la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre.

Esta decisión rompe con la estabilidad tradicional del bloque del G7 y podría presionar aún más a EE. UU. a transformar su posición frente a Israel. Trump, hoy por hoy, es básicamente el único y más fuerte aliado de Netanyahu. Ha sido clave en el mantenimiento de la guerra; su postura no ha sido tajante y, de hecho, fue su coordinación en Irán lo que detuvo la escalada del conflicto regional hace poco.

Un cambio en la política exterior de Washington hacia Oriente Medio tendría un impacto global. Israel perdería a su principal respaldo internacional, quedando debilitado y en una posición insostenible para continuar con su ofensiva. Sin el soporte de su “hermano mayor”, estaría obligado a llegar a algún tipo de acuerdo. Aunque este escenario de ruptura total con EE. UU. es poco probable, la presión internacional sí podría forzar un ajuste diplomático que redefina el contexto geopolítico actual.

Estamos viendo una transformación en el equilibrio diplomático entre Occidente y Medio Oriente, en la que Palestina gana protagonismo y visibilidad en espacios como la ONU, la Corte Penal Internacional y futuras mesas de negociación. Esta ola de apoyos también podría generar un reconocimiento colectivo por parte de otras naciones occidentales. Sin embargo, existe también el riesgo de un endurecimiento de Israel, que podría radicalizar aún más el conflicto para no mostrarse débil en su vecindario hostil y continuar diezmando a la población de Gaza.

A este panorama se suma la participación de otras potencias como China, que ha estado liderando un proceso de reconciliación entre Hamás y Al Fatah. Si logra avanzar, sería una entrada de alto impacto para la diplomacia multipolar de Xi Jinping, posicionando a China como actor global relevante y mediador estratégico, una intención que ya ha evidenciado en otros conflictos, sobre todo en África.

Lo cierto es que, más allá del anuncio y la presión tácita, aún no existe una declaración oficial firmada de reconocimiento a Palestina. Las potencias están presionando a Israel con acciones colectivas, pero no plenamente concretas, con miras a septiembre. Esto deja a Netanyahu con un margen de maniobra en el que puede decidir cómo responder. Su postura no cambiará mientras EE. UU. no intervenga de forma activa. Hasta que la administración Trump no tome una posición, no se esperan grandes transformaciones en Oriente Medio.

Es clave subrayar que el reconocimiento internacional no equivale a soberanía efectiva. El anuncio de estas naciones no implica el establecimiento pleno de un Estado-nación en Palestina. La división interna entre Hamás en Gaza y la Autoridad Palestina en Cisjordania, la catalogación internacional de Hamás como grupo terrorista, y otras variables estructurales, complejizan el establecimiento de una administración real. Aun así, este es un momento de inflexión, sobre todo simbólico.

Incluso sin una firma oficial, este anuncio es una jugada geopolítica clara, cargada de intención estratégica. Habrá que ver cómo evoluciona, al menos hasta el 9 de septiembre. Es un nuevo capítulo en la geopolítica internacional, en el que las potencias se disputan influencia con Palestina como tablero central. Se espera que esto no se quede en un gesto simbólico, sino que derive en una solución real que mejore la vida de los habitantes de Gaza.

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