Ministra IA.
El mundo moderno ha virado su atención al sudeste de Europa luego de que, en Albania, el primer ministro Edi Rama anunciara en la presentación de su nuevo gabinete que la nueva ministra anticorrupción sería una inteligencia artificial: Diella, que en albanés significa “sol”, presentada incluso con un traje típico nacional.
El anuncio sorprendió al
mundo entero. Será la primera vez que una tecnología autónoma piloteada asuma
funciones administrativas dentro de un gobierno nacional. Diella estará a cargo
de las adquisiciones públicas y deberá analizar grandes volúmenes de información
estatal relacionada con contratos, distribución presupuestal, inversiones y
procesos de gestión pública.
Se espera que esta IA
pueda detectar irregularidades y casos de corrupción en tiempo real, reduciendo
significativamente la burocracia y aumentando la agilidad del Estado en su
respuesta a la ciudadanía. Sin embargo, los temores no se hicieron esperar. Una
parte de la población teme que la automatización lleve a prescindir de
funcionarios, mientras otros advierten del riesgo de caer en un totalitarismo
tecnológico, pues en últimas, el control de la IA recae en manos humanas.
Críticos y escépticos
señalan que una IA no puede asumir responsabilidad legal ni rendir cuentas en
caso de errores o sesgos. A esto se suman las vulnerabilidades técnicas y
ciberataques, lo que abriría un nuevo frente de riesgos. Existe también la
posibilidad de que Diella sustituya el control democrático, con todo y sus
defectos, por un tecnocratismo opaco, donde los algoritmos actúen como una
“caja negra” sin supervisión ciudadana.
Otro punto clave es la
falta de transparencia: ¿quién entrenó a Diella, con qué datos y bajo qué
criterios? El gobierno no ha informado de manera clara cómo se programó su
comportamiento ni qué mecanismos de supervisión existen. Sabemos que los
algoritmos reflejan a sus creadores y, a veces, amplifican sus sesgos. Por eso,
es fundamental aclarar quién controla a la ministra IA, cómo se evaluará su
desempeño y qué protocolos habrá para manejar errores o externalidades.
Algunas soluciones
propuestas incluyen auditorías del código, de los datos de entrenamiento y de
los criterios de decisión, ya sea por organismos estatales independientes o
internacionales. También sería clave que los datos de entrenamiento sean
públicos o al menos accesibles a entidades de control, y que siempre exista
supervisión humana externa.
Este piloto surge como un
intento de Albania por combatir un problema histórico: la corrupción
estructural en la contratación pública. Durante décadas, sobornos, compras
irregulares y clientelismo han frenado su desarrollo e incluso han retrasado
las aspiraciones de adhesión a la Unión Europea. Con Diella, el gobierno no
solo busca limpiar la administración interna, sino también enviar un mensaje a
Bruselas: Albania está dispuesta a innovar radicalmente para cumplir con los
estándares europeos en materia de transparencia y buen gobierno. Rama, en su
cuarto mandato, lo presenta como parte de su objetivo de lograr la adhesión a
la UE en 2030.
La comunidad
internacional observa con atención. Europa, especialmente, sigue el experimento
con cautela: ¿será un paso revolucionario hacia gobiernos más limpios o una
fachada tecnológica con más riesgos que beneficios? Lo cierto es que la entrada
de Diella coloca a la tecnología como actor político real: ya no solo como
herramienta, sino como ente que toma decisiones con cierto grado de autonomía.
Aunque esta sea la
primera ministra IA en funciones, no es el primer precedente. En 2024, Ucrania
lanzó a Victoria Shi, una portavoz virtual para difundir comunicados
oficiales, y presentó Prozorro, un sistema automatizado para controlar
licitaciones. En Suecia, el primer ministro Ulf Kristersson reconoció usar
ChatGPT como apoyo en la toma de decisiones. En 2023, Rumanía nombró a una
consejera virtual para recopilar opiniones ciudadanas. Todos casos más
limitados, pero que marcan tendencia.
Estamos presenciando un
cambio profundo. La política, inevitablemente, se está digitalizando. Pero la objetividad
no se garantiza con máquinas: requiere pluralismo, auditorías y control
ciudadano. La tecnología puede ser aliada, pero sin reformas institucionales y
sin ciudadanía activa corre el riesgo de ser solo cosmética, un maquillaje
marketinero.
Albania, se enfrenta a un arma de doble filo con Diella, puede ganar prestigio internacional y agilizar procesos, pero también puede generar desconfianza si no hay transparencia ni supervisión. Albania se está convirtiendo en laboratorio político-tecnológico, y eso mueve fichas en el tablero geopolítico europeo
Al final, el mensaje de
Albania es claro: la innovación tecnológica será parte del campo de batalla
político. Lo que ayer parecía impensable, una IA como ministra, hoy es
realidad. El reto es que esa realidad no erosione la democracia, sino que la
fortalezca.
Un excelente adelanto con la IA, pero gravísimo aspecto para la toma de decisiones en temas morales y humanos. El sentir de la corrupción es un tema que se debe manejar con mano dura, pero no debemos olvidar que la IA ,a veces sus percepciones brinda muchos errores en la interpretación. Esperemos que ocurre con esta noticia. Excelente artículo
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