Provocaciones rusas.

La noche entre el 9 y 10 de septiembre dio un giro al conflicto en Europa, luego de que Polonia derribara 19 drones rusos dentro de su espacio aéreo, con apoyo de aviones e inteligencia de otros aliados de la OTAN, provenientes de territorio de Bielorrusia.

El incidente no solo representa el momento de mayor tensión entre Rusia y la Organización del Atlántico Norte desde el inicio de la guerra en Ucrania, sino que también ha transformado el tablero geopolítico internacional, desatando reacciones inmediatas entre los países aliados y elevando la tensión a un nivel sin precedentes tras la activación del artículo 4 de la Alianza.

Con cazas F-16 polacos, F-35 neerlandeses, sistemas antiaéreos Patriot alemanes y un avión de vigilancia AWACS italiano, la OTAN respondió a las incursiones confirmadas en el espacio aéreo polaco: 19 drones modelo Geran-2 (llamados Gerbera en Occidente), utilizados por Rusia como señuelos en las primeras fases de ataque, generalmente sin carga explosiva.

Las reacciones no se hicieron esperar. El gobierno polaco cerró su espacio aéreo durante varias horas e inició investigaciones. A pesar de las fuertes divisiones internas entre el presidente conservador Karol Nawrocki y el primer ministro de centroizquierda Donald Tusk, ambos mostraron una postura de unidad, rechazando de manera categórica el ataque y calificándolo como una violación sin precedentes. Además, Varsovia invocó el artículo 4 de la OTAN, que permite consultas formales cuando la integridad territorial de un Estado miembro se ve amenazada.

Este artículo ha sido invocado siete veces en la historia, la última en febrero de 2022, el día que comenzó la invasión rusa a gran escala en Ucrania. Ahora, las discusiones se centran en si este incidente podría escalar hasta el artículo 5, que establece la defensa colectiva: un ataque contra uno es un ataque contra todos. Por el momento, Polonia no ha solicitado su activación.

Varios países del bloque europeo —España, Italia, Francia, Suecia y Noruega— condenaron la provocación rusa y expresaron su apoyo total a Polonia. La OTAN, por su parte, reafirmó estar “comprometida a defender cada kilómetro del territorio de sus miembros, incluido nuestro espacio aéreo”. Incluso Donald Trump, pese a sus recientes guiños a Moscú, escribió en redes: “¿Qué hace Rusia violando el espacio aéreo de Polonia con drones? ¡Allá vamos otra vez!” Denotando rechazo, aunque con un tono más tibio que el europeo.

Moscú reaccionó con ambigüedad. Primero se negó a comentar, y luego el Ministerio de Defensa ruso aseguró haber atacado solo objetivos militares en Ucrania, negando intenciones contra Polonia. Añadieron que los drones no superan los 700 km de alcance y que estaban dispuestos a dialogar con Varsovia. Bielorrusia, por su parte, afirmó que los drones entraron en Polonia “accidentalmente” debido a maniobras de guerra electrónica, insistiendo en que se había notificado a Polonia y Lituania.

Más allá de estas explicaciones, el episodio parece un claro test de Moscú a Occidente: medir la capacidad de respuesta de la OTAN y explorar hasta dónde puede llegar sin desencadenar represalias directas.

En los últimos años, la respuesta de Occidente frente a Rusia ha sido cautelosa, limitada por las implicaciones económicas y, sobre todo, por el temor a un escalamiento militar mayor. Sin embargo, este episodio obliga a los aliados a mostrarse firmes y revela tanto las fortalezas como las fracturas internas de la OTAN.

El bloque atraviesa uno de sus momentos más delicados, fragmentado por disputas económicas, tensiones comerciales impulsadas por Trump y diferencias sobre el financiamiento de la alianza. Aunque Europa busca mayor autonomía estratégica, la seguridad del bloque sigue dependiendo principalmente de Estados Unidos. Washington, que ha hecho guiños contradictorios hacia Moscú —como en la fallida cumbre de Alaska—, mantiene en sus manos la decisión final sobre el rumbo de la alianza.

En síntesis, el envío de drones fue un mensaje calculado del Kremlin: reafirmar que tiene ventaja militar, advertir a los europeos del riesgo de un mayor involucramiento y recordarle a Occidente que sus intentos diplomáticos han resultado inútiles.

Putin se proyecta como un líder fuerte, dispuesto a escalar el conflicto y desafiar las divisiones occidentales, mientras se burla de las iniciativas de paz. La OTAN, en cambio, enfrenta el dilema de reorganizarse y demostrar fortaleza colectiva, aun con tensiones internas que no desaparecen.

Este no será el último desafío ruso. Todo indica que las provocaciones continuarán, empujando a Europa a redefinir su autonomía estratégica y a decidir cuánto está dispuesta a arriesgar en defensa de Ucrania y de su propia seguridad.

 

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