Reconocimiento simbólico.
Por
estos días, en la última cumbre de la ONU en Nueva York, el reconocimiento del
Estado Palestino se convirtió en el centro del encuentro. Una oleada masiva de 157
países, casi el 80% de los miembros de la ONU (193), ahora reconoce a Palestina.
Entre ellos se cuentan Reino Unido, Canadá, Bélgica, Australia y Francia, todos
aliados cercanos de Estados Unidos y tradicionalmente reticentes al
establecimiento de un gobierno palestino en Gaza. Entre los detractores
destacan Israel y EE. UU., que rechazan esta movilización internacional. Se
trata de un hito que podría impactar en el curso de la guerra en Gaza, aunque
con importantes matices.
Este
apoyo masivo responde a la negativa de Israel de detener lo que la ONU
considera un genocidio en Gaza. Durante meses, varios países habían advertido
que reconocerían a Palestina como medida de presión contra el gobierno israelí.
En julio, una resolución conjunta liderada por Portugal planteaba el
establecimiento de un Estado palestino; Francia y Reino Unido anunciaron
entonces que, de no detenerse la ofensiva de Netanyahu, respaldarían la
creación de un nuevo gobierno en la región.
El
anuncio de Francia y Reino Unido es particularmente significativo: ambos son miembros
permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y han estado históricamente
alineados con EE. UU. Además, su participación en el trazado de las fronteras
de Medio Oriente con el acuerdo Sykes-Picot (1916) otorga al gesto un peso
histórico y postcolonial. Los otros miembros permanentes, Rusia y China, ya
reconocían a Palestina desde hace tiempo. Así, el único en negarse hoy es
Estados Unidos. Esto evidencia un giro en el seno de la ONU, donde Washington
aparece aislado incluso frente a sus aliados tradicionales.
En
este contexto, Israel queda prácticamente sin apoyos internacionales, salvo EE.
UU., que mantiene su rechazo al reconocimiento argumentando que constituye un
“premio a Hamás”, lo que pondría en riesgo la seguridad y la existencia misma
de Israel. Tras el anuncio, tanto Trump como Netanyahu reforzaron sus posturas
con discursos tajantes, llamando a la comunidad internacional a no “legitimar a
un grupo terrorista”.
Para
los palestinos, el reconocimiento es un hito: reafirma sus derechos de
autodeterminación, el derecho a vivir libres de la ocupación y a la condición
de Estado. También podría fortalecer los argumentos a favor de un alto al fuego
en el marco de las estructuras diplomáticas y legales internacionales.
No
obstante, varios críticos subrayan que se trata de un acto principalmente
simbólico, insuficiente si no se combina con acciones reales que proporcionen
alivio durante la guerra y garanticen posteriormente la viabilidad de un
gobierno palestino. De lo contrario, el reconocimiento corre el riesgo de
convertirse en un sustituto vacío de sanciones y medidas punitivas contra un
Estado acusado de genocidio.
El
Derecho Internacional Humanitario ya obliga a las naciones a prevenir y actuar
frente a un presunto genocidio. Sin embargo, la intervención ha sido limitada:
la ayuda humanitaria enviada a Gaza ha sido obstaculizada por el bloqueo
israelí, mientras que el Consejo de Seguridad sigue paralizado por el veto de
Estados Unidos, principal aliado de Netanyahu.
Según
la Convención de Montevideo (1933) de la ONU, para que un actor sea considerado
Estado debe cumplir cuatro criterios: población permanente, capacidad de
establecer relaciones internacionales, territorio definido y un gobierno que
funcione. Palestina cumple parcialmente: cuenta con población y capacidad
diplomática, pero no con un territorio claramente definido ni con un gobierno
unificado.
El
territorio palestino sigue fragmentado: Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza.
Además, existen dos gobiernos rivales: Hamás en Gaza y la Autoridad Palestina
en Cisjordania, encabezada por Mahmud Abás, que no ha convocado elecciones en
más de dos décadas. Esto dificulta la consolidación de un gobierno democrático
y funcional en el corto plazo, lo cual requerirá transición, apoyo
internacional y nuevas figuras políticas.
En
paralelo, para que Palestina sea miembro pleno de la ONU debe pasar por un
proceso burocrático complejo: primero la recomendación del Consejo de Seguridad
y luego la aprobación de la Asamblea General. Con EE. UU. en contra, este
escenario parece poco viable en el corto plazo.
El
reconocimiento no cambia nada de inmediato, pero sí altera el terreno de las
negociaciones: no es lo mismo dialogar entre un Estado y otro que entre un
Estado y una entidad no reconocida. Esto otorga a Palestina una mayor capacidad
técnica y diplomática en el escenario internacional.
Al
mismo tiempo, Israel se aísla cada vez más: las sanciones, los llamados al cese
al fuego y la presión internacional no han detenido ni el genocidio ni el
bloqueo humanitario. Antes del 7 de octubre de 2023 parecía imposible hablar de
un Estado palestino; hoy, tras más de dos años de guerra y las políticas de
Netanyahu, la viabilidad de un gobierno palestino está sobre la mesa.
Mientras
tanto, el apoyo incondicional de EE. UU. a Israel asegura que Netanyahu no
cambie de estrategia. Si la administración Trump no modifica su respaldo, la
situación seguirá generando resistencia.
En conclusión, la decisión de la mayoría de los miembros de la ONU es un hito histórico que convierte a Palestina en un actor más fuerte transformando el escenario geopolítico, aunque lleno de dificultades. Sin un plan real para garantizar fronteras claras, un gobierno funcional y una transición democrática, el reconocimiento seguirá siendo más un acto simbólico de presión contra Israel que un cambio tangible en la región. El futuro inmediato dependerá de la capacidad de la comunidad internacional de ir más allá de las palabras y de la disposición de Israel y su principal aliado a aceptar un nuevo escenario.
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