El Nuevo G20.

 Desde el 21 de noviembre, los líderes del G20 están citados en Johannesburgo para su cumbre anual. Lo que se supone es un espacio para abordar problemas globales y promover la cooperación económica y financiera internacional, donde las principales economías del mundo coordinan políticas para enfrentar desafíos como el cambio climático, la seguridad alimentaria o la estabilidad económica, hoy parece, más que nunca, un espejo de las dinámicas geopolíticas globales y un símbolo del mundo multipolar fragmentado.

El G20 está conformado por Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Italia, Japón, Corea del Sur, México, Rusia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Turquía, Reino Unido, EE. UU., además de dos organizaciones regionales (la Unión Europea y la Unión Africana). Sus miembros representan alrededor del 85 % del PIB mundial, más del 75 % del comercio global y cerca de dos tercios de la población del planeta. Este año, Sudáfrica ejerce la presidencia rotatoria del grupo, por lo que la cumbre se celebra en su territorio.

La reunión está prevista para desarrollarse en tres sesiones, una sobre crecimiento económico, otra sobre desigualdad y una tercera sobre resiliencia climática. En teoría, se espera una defensa cerrada del sistema multilateral, de la ayuda al desarrollo, del derecho internacional y de la lucha contra el cambio climático, la pobreza y la desigualdad. Sin embargo, a diferencia de años anteriores, no habrá una declaración final consensuada; solo existirá un documento-resumen elaborado por la presidencia sudafricana.

Inicialmente se confirmó la participación de 42 países, los miembros del G20, 16 invitados y 6 representantes de comunidades económicas regionales de África, el Caribe y Asia oriental, pero todo cambió tras el anuncio de ausencia de varias naciones clave, lo que genera dudas sobre la relevancia de la cumbre y sobre la capacidad de sus miembros para alcanzar acuerdos en un momento de creciente división geopolítica.

El boicot sin precedentes de Estados Unidos, cuando Donald Trump confirmó su inasistencia, sumado a las ausencias de Vladímir Putin y Xi Jinping, entre otros, eclipsa la Cumbre de Líderes del G20. Tampoco asistirán los mandatarios de México y Argentina, Claudia Sheinbaum y Javier Milei, aunque en estos casos sus países sí estarán representados a nivel de primer ministro, ministros o altos funcionarios.

Trump justificó su ausencia acusando a Sudáfrica de discriminar racialmente a la minoría blanca “afrikáner”, un grupo étnico descendiente de colonos holandeses, alemanes y franceses que impuso el apartheid durante décadas, tras denuncias de violencia y despojo de tierras, algo que el Gobierno sudafricano niega. Esta es la primera vez que una potencia se niega abiertamente a asistir.

Posteriormente, EE. UU. anunció que enviaría a Marc Dillard, encargado de negocios de su embajada en Pretoria, aunque sin participar en las conversaciones oficiales; solo asistirá a la ceremonia en la que Sudáfrica entregará la presidencia rotatoria del grupo, que asumirá Washington el 1 de diciembre. Ante esto, el portavoz del presidente Ramaphosa, Vincent Magwenya, respondió en X que “el presidente no entregará el puesto a un encargado de negocios”. Días antes, el propio Ramaphosa había insinuado que, si Washington boicoteaba la cumbre, entregaría “simbólicamente” la presidencia del G20 a “una silla vacía”.

La decisión de Milei de no viajar a Sudáfrica también refleja el alineamiento directo con Trump, quien ha respaldado su agenda económica libertaria con apoyo político y financiero. Rusia, aislada por la guerra en Ucrania, tampoco asiste, usando su ausencia para proyectar que no necesita al G20 ni sus disposiciones.

Todo esto marca un precedente y evidencia una nueva hoja de ruta, la no asistencia se convierte en un veto simbólico. Una señal geopolítica en sí misma, que abre espacio a los países presentes para avanzar en alianzas y decisiones alineadas con sus intereses.

Europa, y particularmente la Unión Europea, busca aprovechar el vacío dejado por Estados Unidos para reforzar su posición como potencia económica y regulatoria. Sus prioridades giran en torno a frenar la escalada del proteccionismo global; mantener la ambición climática; reformar la Organización Mundial del Comercio; abordar prácticas desleales, especialmente el exceso de capacidad industrial china; y denunciar el uso geopolítico de las restricciones a materias primas críticas. En este contexto, y con EE. UU. ausente, la UE podría tener un margen mayor para impulsar su agenda de transición energética, minerales estratégicos e inteligencia artificial.

Paralelamente está África, históricamente relegada en decisiones globales sobre comercio, deuda y financiamiento climático. Tener la cumbre en su territorio y contar con presencia amplia de líderes regionales fortalece al continente como un actor cada vez más relevante. África llega con un mensaje claro: menos discursos, más financiamiento real.

En Asia destaca India. El primer ministro Narendra Modi llega a la cumbre buscando consolidar liderazgo regional y mostrar distancia estratégica de China, mientras se posiciona como alternativa geopolítica en el Indo-Pacífico.

En América Latina, Brasil, con Lula da Silva presente, busca protagonismo climático y energético, apoyado en la reciente cumbre amazónica. Brasil quiere proyectarse como motor económico y socio estratégico para la transición energética, el comercio y los minerales críticos.

La cumbre también ocurre tras el anuncio del acuerdo sobre Ucrania entre Rusia y EE. UU., por lo que es previsible que se den conversaciones paralelas al respecto, aunque de manera informal.

En consecuencia, el panorama de esta cumbre es radicalmente distinto al de sus predecesoras. Las ausencias de Estados Unidos, China y Rusia abren espacio a una agenda marcada por la UE, India, Brasil y una creciente voz africana. Se evidencia un G20 en plena transformación, donde las potencias ausentes, aunque simbólicamente poderosas dejan margen para que los presentes definan el rumbo inmediato.

Lo que sí es claro es que el G20 se ha convertido en el reflejo perfecto del mundo multipolar fragmentado: un foro que intenta coordinar soluciones globales en un momento donde cada país prioriza sus propios intereses estratégicos. Falta ver qué puede surgir, pero las señales ya anticipan un reacomodo profundo en el tablero internacional.

 

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