El nuevo Acuerdo de Ucrania.
Recientemente, la atención del mundo ha virado de nuevo hacia Ucrania. En las últimas semanas surgieron especulaciones y movimientos en torno a un posible acuerdo de paz tras los acercamientos entre Estados Unidos y Rusia, inicialmente sin la presencia de Kiev, al tiempo que Europa exigía ser incluida y se observaban tensiones internas en el gobierno de Zelenski. Lo que hasta ahora se maneja “a voces” podría cambiar el curso de la guerra en Europa y redefinir el tablero geopolítico global.
Se
sabe que el gobierno de Trump ha impulsado un macroacuerdo para llevar la paz a
Ucrania, uno que muchos comparan con el firmado en Gaza. Este proceso surgió
tras contactos con Putin y, en un inicio, sin la participación de ninguna
nación europea. Solo después se fueron integrando Kiev y actores del viejo
continente. El 25 de noviembre comenzaron las rondas de negociación en Estados
Unidos, y funcionarios han asegurado que Kiev aceptó el documento inicial,
quedando solo algunos pormenores por afinar.
Para
Zelenski es un tema tan delicado como crucial. Se encuentra presionado por
Estados Unidos y por su propia nación. En la práctica, enfrenta la disyuntiva
entre “perder su dignidad o perder un aliado”. Trump afirmó que dejaría de
apoyar a Ucrania si esta no acepta un acuerdo de paz, lo que implicaría que
Kiev quedaría sin su “hermano mayor”. Pero para llegar a ese acuerdo, Ucrania
tendría que ceder más de lo que esperaba. Como se está viendo, el camino empuja
al país a aceptar disposiciones de Washington, negarse a entrar en la OTAN y
perder territorio a cambio de garantías.
Rusia,
por su parte, aunque se muestra dispuesta a dialogar, lo hace a su manera:
negociando, pero sin perder. Para Moscú, un acuerdo podría significar una
disminución de la presión internacional, la flexibilización o eliminación de
sanciones económicas y un lavado profundo de imagen. Aun así, también tendría
que ceder: aceptar la presencia de tropas extranjeras cerca de su territorio y
comprometerse a no invadir nuevamente territorios vecinos, arriesgándose a una
respuesta militar de Occidente.
Más
allá de esto, pocos detalles del acuerdo final se conocen; aún es un tema que
circula entre rumores. Sin embargo, se sabe que abordará:
- las
fronteras y el estatus de los territorios,
- las
garantías de seguridad para Ucrania,
- el
tamaño del ejército ucraniano en la posguerra,
- las
sanciones económicas a Rusia,
- y
la negativa definitiva al ingreso de Ucrania en la OTAN (pero no en
la UE).
Las
fronteras son el eje inicial. Tanto Rusia como Ucrania han marcado líneas rojas
en este punto, y su política interna gira en torno a esta bandera. Como se
aborde este tema determinará el curso del periodo posguerra y también
repercutirá en sus realidades domésticas.
Ucrania
acordó desde marzo un alto al fuego a lo largo de la línea actual del frente,
lo que implicaría el reconocimiento de facto del control ruso en el este y el
sur. En el acuerdo podría incluirse la porción de Donetsk que aún controla
Kiev, un territorio que a Rusia le llevaría al menos dos años capturar, por lo
que cederlo es una línea roja absoluta. Es probable que Moscú también busque
reclamar territorio adicional, como el Donbás, para que Putin pueda vender el
acuerdo como una victoria. En este sentido, la definición de nuevas fronteras
girará alrededor de estas zonas, donde Kiev deberá ceder incluso si Moscú pide
demasiado. Una vez resuelto este punto, una paz final se vuelve más probable.
Además,
Ucrania necesita garantías de seguridad. Podrían incluir soldados europeos al
oeste del Dniéper (en gran medida simbólicos), un modelo de fuerza de respuesta
europea en caso de una nueva agresión, o una promesa de ayuda occidental estilo
Artículo 5, pero sin la OTAN. La presencia formal de tropas de la OTAN sigue
siendo un no rotundo.
El
tamaño del ejército ucraniano también entra en negociación. Rusia espera un
ejército reducido; Kiev sabe que el tamaño actual es insostenible a largo
plazo. Disminuirlo reduciría costos, pero también capacidad militar, y sin
garantías firmes deja al país vulnerable.
A
la par, Rusia busca un “alivio” en las sanciones políticas y económicas,
especialmente el levantamiento del paquete de la UE y la liberación de activos
rusos congelados, lo que impulsaría fuertemente su economía.
Putin
también quiere consagrar legalmente que Ucrania jamás ingresará a la OTAN. No
solo como promesa, sino escrito en la legislación ucraniana y en los estatutos
de la organización misma. Este fue el argumento inicial que Rusia usó para
justificar la invasión; asegurarlo sería una victoria política y narrativa. Y,
adicionalmente, dentro de la OTAN ya no hay consenso pleno en aceptar a
Ucrania, así que este punto dejó de ser un choque como antes.
Otro
posible compromiso sería crear una zona desmilitarizada bajo control ruso cerca
de la frontera, supervisada por garantes occidentales. Se formaría una zona
protegida que, en teoría, mantendría la paz.
Todo
esto está dando forma a un posible acuerdo. Pero más allá de las garantías y
concesiones, la gran perdedora sería Ucrania. Zelenski mantendría el apoyo de
EE. UU. y de Occidente para evitar otra invasión, pero perdería territorio,
poder militar y enfrentaría tensiones internas.
La
gran incógnita es cómo Kiev transformaría su discurso sobre las fronteras y
cómo reaccionaría la población. Tal vez Zelenski priorice las garantías de
seguridad sobre la ubicación exacta de la zona desmilitarizada, vendiéndolo
como una forma de proteger la soberanía a largo plazo. Eso podría permitirle
reactivar la economía.
Putin
también debe enfrentar desafíos: vender el acuerdo como victoria, gestionar
expectativas internas y resaltar beneficios económicos. Pero, según esta
versión del acuerdo, Rusia saldría más beneficiada, así que para el Kremlin
sería más sencillo generar consenso.
Lo
que vale la pena resaltar es que cuantas más versiones circulen, mayor será la
probabilidad de que partes del acuerdo se mantengan. Ya hay puntos en los que
existe margen de negociación. Se espera que, pese a la presión sobre Ucrania y
los acercamientos entre Rusia y Estados Unidos, pueda lograrse un acuerdo que
garantice una no reinvasión, alivie la situación humanitaria y permita
crecimiento económico en ambos lados.
Es evidente que Trump está jugando fuerte para presionar un acuerdo de paz, repitiendo su rol de poder global, como en Gaza, y resaltando su narrativa de “gran negociador”. Lo hace incluso a costa de sus aliados y favoreciendo indirectamente a Rusia. Washington prioriza sus propios intereses y la construcción de su imagen por encima de todo, además, ha dejado por fuera partes importantes dándole la oportunidad de control mayor sin interferencias, como es el caso de Europa. Falta ver qué sucederá. Lo que sí es seguro es que EE. UU. seguirá presionando por un acuerdo y que esto, sin duda, dará mucho de qué hablar.
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