¿El golfo pérsico en una nueva guerra?
El viernes 6 de febrero, el ministro de Exterior iraní, Abás Araqchi, sostuvo por primera vez, desde que Estados Unidos se unió a la guerra de Israel contra Irán en junio de 2025, atacando varias instalaciones atómicas, conversaciones directas en Omán con Steve Witkoff y Jared Kushner, mediadores del presidente Trump.
Las
negociaciones se celebran bajo las amenazas del presidente estadounidense,
Donald Trump, de intervenir militarmente en el país persa, argumentando que el
programa nuclear iraní es un problema internacional. Esto ocurre tras varios
meses de manifestaciones internas en Irán y denuncias de muertes de
manifestantes. Paralelamente, Washington ha desplegado el portaaviones USS Abraham
Lincoln y su grupo de combate, formado por tres destructores lanzamisiles, cerca
de aguas iraníes en el golfo Pérsico.
Las
conversaciones, que según los líderes fueron positivas para evitar una escalada
en las tensiones entre los dos países y que continuarán en curso (incluso se
confirmó una nueva ronda la semana del 9 de febrero), giraron oficialmente en
torno al programa nuclear. Sin embargo, Estados Unidos busca incluir en la
agenda la limitación de los misiles balísticos iraníes y el debate sobre su
apoyo a grupos regionales como Hamás, Hezbolá y los hutíes de Yemen.
Mientras
tanto, Teherán quiere negociar exclusivamente la limitación de su programa
nuclear, destacando, como es tradicional en su discurso, que el programa
atómico responde a una necesidad nacional, especialmente en áreas como la
agricultura, la salud y las futuras necesidades energéticas, por lo que no
puede renunciar a ello.
Un
punto central en las negociaciones probablemente sea el paradero de unos 400
kilogramos de uranio altamente enriquecido (al 60%), que ha estado en el centro
de disputas desde los ataques estadounidenses a las instalaciones nucleares
iraníes en junio de 2025.
Se
espera, asimismo, que, si las conversaciones no fracasan, puedan dividirse en
dos líneas: una dedicada exclusivamente al programa nuclear y otra a un abanico
más amplio de cuestiones, incluidas las demandas estadounidenses sobre el
programa de misiles iraní. No obstante, para mantener la presión, Estados
Unidos conserva en el Golfo una decena de buques de guerra y un portaaviones.
Pese a la reanudación del diálogo, la tensión sigue siendo extremadamente alta.
Poco
después de que ambos países concluyeran el primer ciclo de negociaciones en
Omán, Estados Unidos anunció ese mismo 6 de febrero nuevas sanciones para
frenar las exportaciones petroleras iraníes. Las medidas apuntan a 15
entidades, 2 personas y 14 buques de la llamada “flota fantasma” vinculada al
comercio de petróleo iraní, incluidos barcos con bandera de Turquía, India y
Emiratos Árabes Unidos. Según el Departamento de Estado, el régimen utiliza
estos ingresos para “financiar actividades desestabilizadoras en todo el mundo
e intensificar su represión interna”.
En
respuesta, Irán cuestionó públicamente la “seriedad” de Washington en el
proceso negociador, señalando que la imposición de nuevas sanciones y los
movimientos militares generan dudas sobre la verdadera voluntad de negociación.
Teherán afirmó que “evaluará el conjunto de señales” antes de decidir la
continuidad del diálogo.
La
brecha entre ambos países es tan profunda que una escalada militar sigue siendo
posible en cualquier momento. En las últimas semanas, Estados Unidos ha
desplegado portaaviones, buques de guerra, aviones de combate y tropas en la
región. Sin embargo, tanto los actores directos como las naciones del Golfo
parecen activamente interesadas en preservar el canal diplomático.
Irán
busca un acuerdo por necesidad estratégica: evitar una guerra a corto plazo. La
seguridad y la preservación del régimen son hoy prioridades absolutas. El
objetivo final es un acuerdo que excluya la opción militar o, al menos, la
amenaza inmediata de ella.
Siete
meses después del devastador ataque israelí de doce días, el régimen iraní
sigue en alerta máxima. Aunque ha logrado cierta recuperación, sus reservas de
misiles, su estructura de mando y su economía están visiblemente agotadas.
Teherán se encuentra económicamente asfixiado, internamente fracturado y
diplomáticamente aislado, con aliados cada vez más tibios, lo que prácticamente
lo obliga a negociar para poder enfocarse en su frente interno y,
eventualmente, aliviar sanciones.
Estados
Unidos, por su parte, pese a la constante amenaza de guerra, parece evitar
deliberadamente un conflicto abierto en el Golfo. Atacar Irán implica un costo
estructural gigantesco y no una guerra rápida. Irán cuenta con 90 millones de
habitantes, un territorio montañoso, misiles y drones, capacidad naval
asimétrica en el estrecho de Ormuz y la posibilidad real de cerrarlo. Un
régimen debilitado, pero dispuesto a destruir lo que sea necesario para
sobrevivir.
EE.
UU. podría atacar a altos funcionarios del CGRI, incluso al propio Jamenei.
Pero si este último muriera, el escenario posterior sería profundamente
incierto. Es improbable que el sucesor sea un reformista ilustrado; por el
contrario, podría surgir una facción más radical o una división interna que
complique aún más el panorama. El régimen cerraría filas para sobrevivir.
Otra
opción sería atacar nuevamente el programa nuclear. Sin embargo, esto abriría
una contradicción incómoda: ¿por qué bombardear lo mismo dos veces si
previamente se afirmó que los ataques fueron exitosos?
¿Sería
más eficaz una campaña más amplia contra infraestructura militar y de
seguridad? Tal vez. Pero mientras más larga y extensa sea, menos precisa se
vuelve.
Decenas
de millones de iraníes dependen del régimen para su sustento, y miles sirven en
las fuerzas de seguridad. Las viudas y los huérfanos no suelen aceptar
fácilmente la lógica geopolítica. Estados Unidos corre el riesgo de enfurecer a
la misma población cuyo apoyo pretende ganar, fortaleciendo indirectamente al
régimen que busca debilitar.
Trump,
además, enfrenta su propia disyuntiva interna. Un solo soldado estadounidense
muerto por un dron iraní podría arrastrarlo a meses de represalias y a un nuevo
enredo en Medio Oriente, algo que contradice su narrativa de “presidente de
paz” ante su base electoral.
A
esto se suman las elecciones de medio término de 2026. Una guerra podría unir a
la oposición demócrata, dividir a los republicanos y reactivar el fantasma de
Irak y Afganistán. Sumado al contexto interno ya tenso, protestas, debates
migratorios, escándalos políticos, el riesgo electoral sería significativo.
Además,
EE. UU. mantiene bases en Qatar, Bahréin, Kuwait, Arabia Saudita y Emiratos.
Todas quedarían automáticamente dentro del rango de ataque iraní.
Arabia
Saudita y Emiratos han señalado abiertamente que no permitirán que su espacio
aéreo sea utilizado para ataques. Temen convertirse en objetivos. Prefieren
presión diplomática, no guerra.
Rusia
también ha entrado en escena. El 30 de enero, Ali Larijani de Irán se reunió
con Putin en Moscú en un encuentro no anunciado. El Kremlin ve aquí una triple
oportunidad: acercar más a Irán a su órbita, cooperar tácticamente con Trump y
reducir aún más la influencia europea en la región.
Según
medios iraníes, Moscú habría propuesto que Rosatom supervise un enriquecimiento
nuclear limitado con fines civiles, garantizando el cumplimiento de límites
acordados. Una propuesta compleja, pero reveladora.
Es
evidente una tendencia global a evitar una escalada en el Golfo. Trump no evita
la guerra por debilidad. La evita porque hoy la guerra le ofrece menos
beneficios que la presión. Estados Unidos ha descubierto que en el Golfo
Pérsico la amenaza es más útil que la guerra y que Irán es hoy un enemigo más
rentable debilitado que derrotado.
Los
acontecimientos siguen en desarrollo, pero este nuevo capítulo geopolítico
podría reconfigurar el orden regional en el Golfo, con la esperanza de que la
población iraní no sea quien termine pagando el costo más alto.
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