Venezuela, entre petróleo, soberanía y la nueva arquitectura de poder.
El 3 de enero de 2026 marcó un punto de quiebre en la historia contemporánea venezolana y de America Latina. La captura de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense no solo alteró el equilibrio interno del poder, sino que reconfiguró el tablero geopolítico regional y la economía mundial. Lo que ha seguido no h sido una transición clásica ni una ruptura revolucionaria. es algo más complejo: un reajuste estratégico tutelado desde y para Washington.
Desde
entonces, el discurso oficial encabezado por Delcy Rodríguez, quien asumió la
conducción del gobierno, ha mantenido una narrativa beligerante frente a
Estados Unidos, calificando la acción como un “secuestro” y siempre en un tono
fuerte. Sin embargo, en la práctica, Caracas ha comenzado a ejecutar una serie
de decisiones que responden claramente a las directrices e intereses de la
administración de Donald Trump. Esa contradicción es el corazón del nuevo
momento venezolano.
La
semana posterior a la captura de Maduro, Washington desmontó parte del esquema
de sanciones que impedía operar a petroleras internacionales. Empresas como
Shell, Repsol volvieron a posicionarse en el país, mientras que Chevron que ya
operaba en el país, anunció planes para duplicar su producción. Paralelamente,
Trump reveló que Venezuela entregaría hasta 50 millones de barriles de petróleo
para ser vendidos a precios de mercado, aunque bajo supervisión estadounidense.
Más aún: advirtió que los ingresos serían controlados por su administración
para “garantizar que se utilicen en beneficio del pueblo de Venezuela y de EE. UU.
Allí se produce el punto de inflexión.
Posteriormente,
el 29 de enero de 2026, se podría afirmar que Venezuela dejó de ser dueña
efectiva de su petróleo. Conserva la propiedad nominal del subsuelo, pero
perdió el control operativo, comercial y financiero del recurso que
históricamente definió su soberanía. No decide quién lo extrae, bajo qué
jurisdicción se comercializa, a qué precio se vende ni cómo se administran los
ingresos. El Departamento del Tesoro de EE. UU. supervisa los flujos
financieros; el Departamento de Energía monitorea los aspectos comerciales; y
el Departamento de Estado (encabezado por Marco Rubio) mantiene la supervisión
diplomática.
Este
esquema ha permitido colocar el crudo venezolano en mercados abiertos a precios
hasta 30% superiores a los descuentos que antes recibía. Según Rubio, China
obtenía el petróleo con rebajas de hasta US$20 por barril como parte de
mecanismos de compensación de deuda. Ahora, la narrativa estadounidense
sostiene que el crudo se vende a “precio de mercado”. Sin embargo, las primeras
operaciones realizadas a través de las comercializadoras Vitol y Trafigura
muestran que el petróleo fue adquirido con descuentos de hasta US$15 frente al
Brent y ofrecido en la Costa del Golfo estadounidense con rebajas de entre US$8
y US$9.
El
mercado negro parece haberse estabilizado. Se permitió que parte de los
petrodólares generados por Chevron ingresaran al sistema bancario y fueran
subastados a importadores privados prioritarios. El primer mecanismo movilizó
US$300 millones. Además, el levantamiento progresivo de sanciones financieras se
espera abra la posibilidad de reconectar el sistema bancario venezolano con
corresponsales internacionales.
Pero
el dato estructural sigue siendo alarmante: el país cerró 2025 con una
inflación de 548% según el FMI, y continúa importando cerca del 60% de lo que
consume. La fragilidad macroeconómica no desaparece con la supervisión externa,
incluso existe temor entre inversores extranjeros a tocar suelo venezolano,
ante la incertidumbre, pese a la influencia de Washington llevar dinero al país
bolivariano aun es riesgoso.
Lo
más significativo es que la transición no fue producto de una insurrección
interna ni de una negociación democrática amplia. No hubo ruptura del chavismo,
ni huelgas masivas, ni represalias visibles tras la captura presidencial. Fue
una sustitución de liderazgo sin transformación estructural del régimen
político. Delcy Rodríguez parece apostar a lo que algunos analistas llaman
“legitimidad de desempeño”, si logra mejorar indicadores económicos y
estabilizar la vida cotidiana, podría construir una nueva base de apoyo.
Pero
esa legitimidad depende de un factor externo: la voluntad estratégica de
Estados Unidos sujeta a la volatilidad de la administración Trump.
Washington
no actúa por altruismo. Su interés es claro. En un contexto global de
competencia energética y de disputa con Rusia y China, asegurar el control
indirecto de las mayores reservas probadas de crudo del mundo representa una
ventaja geopolítica mayor. Al desplazar a Beijing de los esquemas
preferenciales y limitar la influencia rusa en el Caribe, EE. UU. fortalece su
arquitectura hemisférica y consolida su seguridad energética.
Mientras
reafirma su papel como potencia global, sobre todo en contextos de tensión en
Europa y Oriente Medio. Estados Unidos ha ratificado su liderato global.
Venezuela
se convierte así en un laboratorio de reconfiguración geoeconómica: apertura
petrolera bajo supervisión extranjera, administración fiduciaria de ingresos,
reinserción financiera condicionada y reforma institucional obligada. Para que
la recuperación sea sostenible, será necesaria una reforma jurídica profunda
que reduzca el riesgo de expropiaciones, controles arbitrarios y distorsiones
regulatorias. Sin ese andamiaje institucional, la inversión extranjera no será
estructural sino coyuntural.
La
pregunta de fondo es incómoda: ¿puede existir soberanía energética bajo tutela
financiera externa?
En
términos formales, Venezuela no ha sido ocupada, más allá de la corta intervención
del 3 de enero. Pero en términos estratégicos, su principal recurso está siendo
administrado fuera de su jurisdicción plena. El equilibrio entre estabilización
económica y autonomía política definirá el rumbo del país.
A
escala global, el caso venezolano revela una tendencia más amplia: en la nueva
geopolítica energética, el control no siempre se ejerce mediante anexiones
territoriales, sino a través de arquitectura financiera, regulación comercial y
supervisión institucional. El poder ya no necesita banderas; necesita
contratos, fideicomisos y acceso a infraestructura, la economía sigue
determinando el curso y control del mundo.
Venezuela
entra en 2026 con una oportunidad histórica de reconstrucción, pero también con
una redefinición silenciosa de su soberanía. La transición no solo trata sobre
la caída de un líder, sino sobre quién define el destino del recurso que
sostiene al Estado.
En
este nuevo orden hemisférico, el petróleo venezolano ya no es únicamente una “commodity”.
Es una pieza estratégica en la disputa global por energía, influencia y poder. Y
esa disputa apenas comienza, el curso geopolítico global tiene un escenario potente
en Venezuela y lo que ocurra acá, determinara el curso internacional futuro.
Comentarios
Publicar un comentario