El petróleo y la guerra en Medio Oriente.

Las tensiones en Medio Oriente alcanzan niveles máximos de violencia desde el 28 de febrero. Tras una semana de múltiples agresiones cruzadas en la región, varios gobiernos locales han visto tambalear su estabilidad interna. Irán perdió a su líder y se enfrenta ahora a una guerra abierta de enormes proporciones. Kurdistán, Irak y Baréin han presenciado manifestaciones civiles vinculadas a los acontecimientos en su vecino.

Por su parte, Israel ha entrado en otra guerra en su entorno inmediato. Los aliados de Estados Unidos en el Golfo, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait e Irak, han experimentado represalias dentro de su territorio, afectaciones económicas, cierres de espacio aéreo y tensiones internas por el manejo de la información y la seguridad regional.

Estados Unidos se encuentra más activo que nunca. Ha desplegado una serie masiva de ofensivas en la región y ha señalado que en ocho semanas podría poner fin al conflicto. Mientras tanto, el presidente Donald Trump presiona constantemente a sus aliados europeos para que respalden la operación, al tiempo que gestiona tensiones internas con el Congreso, la opinión pública y el desarrollo de los juicios relacionados con los archivos Epstein.

Las potencias europeas, por su parte, han adoptado una estrategia mayoritariamente defensiva en lugar de involucrarse militarmente de forma directa. Existe una fuerte división interna entre los Estados miembros sobre cómo manejar la situación. Algunas naciones, como Francia y Alemania, han aceptado colaborar de cierta manera con Washington. En contraste, países como España han mostrado mayor reticencia y han dado un paso al costado, argumentando preocupaciones sobre posibles violaciones al Derecho Internacional Humanitario.

Sin embargo, el ataque a Chipre, nación miembro de la Unión Europea, por parte de Irán ha cambiado parcialmente la dinámica. Este hecho prácticamente obliga a la Unión Europea a involucrarse con mayor profundidad en el conflicto, por lo que tras el incidente se han observado mayores movilizaciones militares en la zona y mayor apoyo a Washington en el viejo continente.

En medio de este escenario de guerra, la atención global se concentra en un elemento clave que puede definir el alcance del conflicto: el petróleo. Este recurso continúa siendo un activo económico y geopolítico fundamental para el funcionamiento de la civilización moderna, del cual depende una parte esencial del comercio internacional. Cuando las principales naciones productoras de crudo, muchas de ellas miembros de OPEP+, sus corredores de transporte y centros de explotación se ven involucradas en un conflicto armado, el mundo entero observa con preocupación la estabilidad de la economía global.

Uno de los puntos más sensibles es el Estrecho de Ormuz, una ruta crucial para el transporte de petróleo que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el mar Arábigo. Este paso marítimo se encuentra entre Irán y Omán y por él transitan enormes volúmenes de petróleo producido en la región por países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait e Irak. Aproximadamente el 20 % del consumo mundial de petróleo se transporta a través de este corredor, y más del 80 % de ese volumen se dirige a compradores asiáticos, especialmente China, India y Japón, aunque también abastece en parte a Occidente.

Tras los ataques estadounidenses contra Irán del 28 de febrero, el tráfico por el estrecho de Ormuz se ha paralizado prácticamente por completo. El gobierno de Teherán anunció que atacará cualquier barco que intente atravesarlo. Los seguros marítimos han disparado sus precios, mientras numerosos navíos permanecen detenidos cerca de la región a la espera de una evolución de la situación.

Antes del 28 de febrero de 2026, día del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, transitaban entre 80 y 100 petroleros diarios por el estrecho. En la actualidad, el tráfico se limita principalmente a embarcaciones que transportan mercancías esenciales, como alimentos y medicamentos, para las cuales se han establecido excepciones.

Ante esta situación, el presidente Donald Trump anunció el 3 de marzo que Estados Unidos garantizará el flujo sin obstáculos del transporte energético. La propuesta consiste en que la Marina estadounidense escolte a los buques cisterna a través del estrecho.

Sin embargo, varios expertos del sector se muestran escépticos respecto a esta estrategia. Si bien las escoltas reducen sustancialmente las amenazas a los buques, no resulta realista ni factible proteger a todos los petroleros que atraviesan la región. La seguridad marítima de un corredor de estas dimensiones requeriría un número enorme de buques de guerra y recursos militares, lo que hace imposible un control absoluto.

A este escenario se suma otro actor relevante: los hutíes de Yemen, aliados de Irán, quienes han amenazado con cerrar el Estrecho de Bab el-Mandeb, corredor que conecta luego de Ormuz, el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye un punto clave en la ruta del tránsito hacia Occidente. Si ambos pasos permanecieran bloqueados durante un periodo prolongado, una parte significativa del comercio petrolero mundial se vería interrumpida, afectando directamente a la economía global.

Según diversos informes internacionales, el impacto no se limitaría únicamente al petróleo. También podrían verse afectados el combustible para aviones y el gas natural licuado (GNL). Aproximadamente el 30 % del suministro europeo de combustible para aviación y cerca de una quinta parte del suministro mundial de GNL atraviesan este corredor.

No obstante, varios países, entre ellos Estados Unidos, los Estados miembros de la Unión Europea, el Reino Unido, Japón y Canadá, disponen de reservas estratégicas de energía. Estos depósitos permiten mantener cierto margen de suministro durante varias semanas en caso de interrupciones temporales. Sin embargo, si el cierre se prolongara, incluso estas reservas terminarían por resentir sus efectos.

Paradójicamente, este obstáculo también repercute directamente sobre su propio gestor. Irán produce alrededor de 3,3 millones de barriles de petróleo diarios, lo que lo convierte en el cuarto mayor productor dentro de la OPEP. Además, es uno de los mayores productores de gas natural del mundo. A pesar de las sanciones occidentales, Teherán ha encontrado mecanismos para mantener sus exportaciones, vendiendo aproximadamente el 90 % de su petróleo a China. De hecho, impulsado por la demanda china, Irán aumentó su producción en cerca de un millón de barriles diarios entre 2020 y 2023.

Asimismo, alrededor del 70 % del comercio iraní, excluyendo las exportaciones de petróleo, se realiza a través de puertos que dependen del acceso al estrecho de Ormuz. Un bloqueo permanente perjudicaría gravemente a la propia economía iraní, ya debilitada.

Desde esta perspectiva, cerrar completamente el estrecho sería una decisión económicamente irracional para Teherán. Por esa vía ingresan al país importaciones esenciales como alimentos, medicamentos y maquinaria, y también salen sus exportaciones energéticas hacia China e India. Un bloqueo prolongado agravaría significativamente la crisis económica que ya enfrenta el país.

Por ello, un cierre total a largo plazo parece insostenible. Más bien podría tratarse de una estrategia de presión temporal destinada a reequilibrar la balanza de poder frente a Estados Unidos. Al elevar el riesgo energético global, Irán podría buscar abrir espacio para negociaciones o un eventual cese al fuego, desviando al mismo tiempo la atención del tema central del conflicto: el enriquecimiento de uranio. Sin embargo, resulta poco probable que Washington acepte condiciones distintas a las planteadas por la administración Trump, especialmente considerando la existencia de reservas estratégicas de petróleo y el acceso a crudo venezolano garantizado a inicios de año.

Además, la infraestructura petrolera de Medio Oriente, extensa y altamente estratégica, podría verse dañada o destruida en ataques militares. Esto tendría consecuencias a mediano plazo, al reducir la capacidad de extracción de crudo y provocar aumentos significativos en el precio global del petróleo a largo plazo.

De hecho, el precio del crudo ya ha comenzado a aumentar. Algunas estimaciones señalan que podría alcanzar los 100 dólares por barril o incluso superarlos si el tránsito por el estrecho de Ormuz se vuelve demasiado peligroso o permanece interrumpido durante un periodo prolongado. Como referencia, un aumento interanual del 5 % en el precio del petróleo suele añadir aproximadamente 0,1 puntos porcentuales a la inflación media de las principales economías. Por lo tanto, un incremento del Brent hasta los 100 dólares por barril podría elevar la inflación mundial entre 0,6 y 0,7 puntos porcentuales.

Una inflación más alta podría reducir la confianza y el gasto de los consumidores, mientras que los bancos centrales podrían verse obligados a subir los tipos de interés para contener la presión inflacionaria, ralentizando aún más el crecimiento económico.

El impacto final sobre la economía global dependerá en gran medida de hasta dónde escale el precio del petróleo. El crudo es una de las materias primas más influyentes de la economía moderna; cuando su precio aumenta, el efecto se transmite rápidamente a otros bienes y servicios.

Así, la guerra en Medio Oriente demuestra nuevamente hasta qué punto la estabilidad energética sostiene el funcionamiento de la economía global. El cierre de un corredor estratégico como el estrecho de Ormuz afecta directamente el comercio internacional y, en última instancia, a toda la economía mundial, comenzando incluso por el propio Irán.

Mantener este bloqueo a largo plazo resulta difícilmente sostenible. Más bien parece formar parte de una estrategia de presión que podría influir en el desarrollo del conflicto, en un escenario donde Estados Unidos y sus aliados, particularmente en Europa, continúan consolidando su posición.

Los acontecimientos siguen en desarrollo y aún es difícil prever su desenlace. Lo que sí parece claro es que el petróleo continúa siendo un actor geopolítico central en el sistema internacional y que la economía sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la modernidad.

El resultado de esta crisis repercutirá en todos. Solo queda esperar cómo se desarrollarán los próximos movimientos en este tablero global.


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