Cuando las alianzas tienen precio: Trump, Corea del Sur y la nueva geopolítica de la presión.
Hay decisiones que parecen militares, pero en realidad son diplomáticas. Y hay decisiones diplomáticas que terminan revelando algo mucho más profundo: cómo una potencia entiende el poder. Así, el anuncio de Donald Trump de reducir “considerablemente” la participación estadounidense en los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur no debería leerse únicamente como una modificación operativa de “Ulchi Freedom Shield”. Es, en realidad, una señal sobre el futuro de las alianzas estadounidenses.
Trump justificó su
decisión con tres argumentos que, juntos, dicen mucho más que cualquiera de
ellos por separado: el costo de los ejercicios, su “muy buena relación” con Kim
Jong-un y la negativa de Corea del Sur a participar en las acciones estadounidenses
contra Irán.
El mensaje parece
sencillo: si un aliado no acompaña a Washington cuando Washington lo necesita,
Washington puede reconsiderar cuánto está dispuesto a hacer por ese
aliado. Y ahí comienza el problema. por eso, el verdadero mensaje no está
dirigido a Pyongyang
La primera lectura parece
evidente: Trump quiere enviar una señal de distensión a Kim Jong-un. No es la
primera vez. Durante su primer mandato suspendió los ejercicios militares
después de sus encuentros con el líder norcoreano y presentó esas maniobras como
innecesariamente provocadoras. Ahora vuelve a utilizar la relación personal con
Kim como argumento para reducirlas.
Pero sería un error
interpretar la decisión exclusivamente como una oferta de paz a Corea del
Norte. El mensaje más importante parece estar dirigido a Seúl. Trump está
convirtiendo la alianza en un mecanismo de presión. Corea del Sur no apoyó
militarmente la campaña estadounidense contra Irán y, como respuesta,
Washington introduce incertidumbre en uno de los componentes más sensibles de
su relación bilateral: la cooperación militar.
Esto no significa
necesariamente que Estados Unidos esté abandonando a Corea del Sur. Significa
algo más sutil y, quizás, más peligroso: que la protección estadounidense
comienza a presentarse como algo negociable.
Durante décadas, la
alianza Washington-Seúl se construyó sobre una premisa relativamente estable:
Estados Unidos garantizaba una parte fundamental de la disuasión frente a Corea
del Norte y Corea del Sur constituía un socio estratégico de Estados Unidos en
Asia. Las maniobras militares conjuntas eran una expresión práctica de esa
arquitectura.
Ahora Trump parece
introducir una variable adicional: la reciprocidad política. No basta con
ser aliado. Hay que comportarse como aliado según los términos definidos por
Washington. Y esa diferencia es enorme. Washington parece estar pasando de
la alianza estratégica a la alianza transaccional.
La política exterior de
Trump no puede entenderse únicamente desde el realismo tradicional. Hay
realismo en su insistencia en los costos, en la distribución de cargas y en la
utilidad estratégica. Pero hay también una lógica transaccional mucho más personalista:
las relaciones internacionales son evaluadas constantemente en términos de
quién aporta, quién paga y quién acompaña.
Corea del Sur ya había
experimentado esa presión en el terreno comercial y de reparto de cargas. Ahora
aparece nuevamente en el terreno militar. Y el vínculo entre ambas dimensiones
importa.
Porque cuando una
potencia vincula comercio, defensa y apoyo militar a sus preferencias
coyunturales, la alianza deja de funcionar únicamente como una estructura de
seguridad y comienza a funcionar como una red de obligaciones recíprocas
condicionadas.
Eso también explica por
qué Japón, Reino Unido y otros aliados han aparecido en el discurso de Trump
alrededor de la guerra contra Irán. Washington parece estar preguntando algo
nuevo a sus aliados tradicionales: no solamente “¿están con nosotros?”, sino “¿están
dispuestos a participar en la guerra que nosotros consideramos prioritaria?”
Y esa pregunta puede
terminar erosionando precisamente aquello que Estados Unidos necesitó durante
décadas para ejercer poder global: la confianza de sus aliados.
Corea del Sur, sin
embargo, también está cambiando. Sería demasiado sencillo presentar a Seúl
como una víctima pasiva de la política estadounidense. Porque
esta, también está tomando decisiones activas.
El gobierno de Lee Jae Myung,
desde su llegada al poder, ha buscado reducir las tensiones con Pyongyang y ha
adoptado medidas orientadas a disminuir la confrontación fronteriza. Su
gobierno incluso ha planteado poner fin de manera definitiva al estado de
guerra que permanece desde hace décadas.
Acción que coincide,
paradójicamente, con la voluntad de Trump de volver a abrir una puerta con
Kim. Pero los intereses no son idénticos.
Seúl tiene un incentivo
directo para reducir las tensiones en la península. Washington tiene intereses
globales mucho más amplios, y en 2026 uno de ellos es Irán. Por eso la
negativa surcoreana a participar directamente en la guerra contra Teherán no
debería interpretarse necesariamente como una ruptura con Estados Unidos. Puede
ser, más bien, una forma de priorización estratégica: Seúl tiene un adversario
nuclear a pocos kilómetros de su capital y una relación de seguridad cuya razón
de ser continúa siendo la península coreana.
Desde esa perspectiva,
pedirle que desvíe recursos militares hacia Medio Oriente no es una solicitud
neutral. Es una redistribución de riesgos que no puede permitir.
Y mientras Washington y
Seúl discuten, Pyongyang observa; u aquí aparece la contradicción geopolítica
más importante.
Trump está reduciendo
ejercicios militares precisamente cuando Corea del Norte continúa desarrollando
sus capacidades nucleares y armamentistas, todo mientras Pyongyang ha
profundizado su cooperación militar con Rusia.
Corea del Norte ya no es
exactamente el mismo actor que Trump encontró en 2018, en su primer
mandato. Desde el fracaso de la diplomacia de 2019, Kim ha tenido tiempo
para ampliar y fortalecer su arsenal. Además, ha encontrado algo que no tenía
con la misma intensidad durante aquella negociación: “una red internacional de
respaldo estratégico”.
Rusia se ha convertido en
un socio militar relevante de Pyongyang. Corea del Norte ha enviado tropas y
armamento para apoyar la guerra rusa en Ucrania y, a cambio, ha obtenido
recursos y potencialmente acceso a conocimiento y tecnología militar. China,
por su parte, ha vuelto a fortalecer sus vínculos con Pyongyang.
En otras palabras, Kim ya
no negocia desde el mismo aislamiento y ha adquirido mucha más relevancia
estratégica internacional. Y esto cambia completamente la ecuación.
En 2019, Washington podía
pensar que la presión económica y diplomática podía empujar a Pyongyang hacia
la mesa. En 2026, Kim tiene más capacidad militar, más experiencia estratégica
y mayores alternativas externas.
Por eso resulta
paradójico que Washington reduzca presión militar esperando quizá facilitar una
negociación, mientras el adversario al que intenta atraer dispone
simultáneamente de mayores capacidades y de una red internacional más amplia. Es,
en síntesis, una paradoja del poder
Trump parece apostar
nuevamente por la diplomacia personal: si la relación con Kim funciona, la
reducción de las maniobras puede crear espacio para el diálogo. Es una
apuesta posible. Pero también es una bastante arriesgada.
Porque la disuasión no
funciona únicamente mediante declaraciones. Funciona mediante capacidades,
alianzas, preparación y credibilidad.
Y precisamente, por eso
las maniobras conjuntas tienen un valor que excede su dimensión simbólica:
permiten entrenar a dos fuerzas militares para responder conjuntamente ante
escenarios de conflicto. La edición de este año involucra alrededor de 18.000 efectivos
surcoreanos y personal estadounidense perteneciente al contingente de unos
28.500 soldados estacionados en Corea del Sur.
Reducirlas puede ser
interpretado por Pyongyang como una oportunidad diplomática. Pero también
puede ser visto como una oportunidad estratégica. Ese es el dilema.
Una señal destinada a
reducir la tensión puede terminar reduciendo también la percepción de costo que
tendría una agresión.
Por eso, el verdadero
alcance de esta decisión no está en la península coreana, está en el sistema de
alianzas estadounidense.
Si Washington empieza a
utilizar las garantías de seguridad como mecanismo de presión para conseguir
apoyo en conflictos que no todos sus aliados consideran propios, la pregunta
que comenzarán a hacerse esos aliados no será solamente cuánto deben aportar. Será
algo mucho más incómodo: ¿Hasta qué punto podemos depender de Estados
Unidos si nuestra seguridad depende de acompañar siempre sus decisiones
estratégicas? Y esa pregunta tiene consecuencias.
Una alianza funciona
porque genera previsibilidad. Un aliado puede aceptar incluso una distribución
desigual de cargas si sabe que existe un compromiso relativamente estable
detrás de ella.
Cuando ese compromiso
parece depender de la satisfacción presidencial del momento, la alianza
comienza a incorporar incertidumbre. Y la incertidumbre, en geopolítica,
también es poder. Pero, es un uno que puede volverse contra quien lo
utiliza.
Estados Unidos, todavía
cuenta con este poder. Sería exagerado afirmar que Estados Unidos está
perdiendo su red de alianzas. No es así.
Washington continúa
siendo indispensable para la arquitectura de seguridad de Asia. Corea del Sur
sigue necesitando a Estados Unidos y Estados Unidos sigue teniendo razones
estratégicas profundas para permanecer en la península. Precisamente por
eso la decisión de Trump resulta tan relevante.
No estamos viendo el
colapso de una alianza. Estamos viendo su renegociación. Y este
replanteamiento está ocurriendo bajo una lógica distinta: menos basada en
compromisos automáticos y más basada en costos, reciprocidad y utilidad
inmediata.
El problema es, que los
adversarios también observan. Rusia observa cómo Estados Unidos tensiona
sus alianzas europeas mientras intenta gestionar simultáneamente la guerra en
Ucrania. China observa cómo Washington exige mayor compromiso a sus socios
asiáticos. Corea del Norte observa cómo una relación personal con Trump puede
traducirse en una reducción de la presión militar. Y los aliados observan
algo todavía más importante: “El precio de decir que no”.
La reducción de los
ejercicios con Corea del Sur puede terminar siendo reversible. La diplomacia
con Kim puede fracasar nuevamente. Trump puede incluso utilizar la decisión
como moneda de cambio para conseguir nuevas concesiones.
Pero existe algo mucho
más difícil de reconstruir una vez que se erosiona: la confianza. La gran
pregunta, entonces, no es si Trump está acercándose a Kim Jong-un. La
pregunta es si, en su intento por negociar con los adversarios de Estados Unidos,
está enseñando a sus propios aliados que la protección estadounidense también
puede convertirse en una herramienta de negociación.
Porque una potencia puede
obligar a sus aliados a pagar más. Puede exigirles más. Puede incluso
castigar temporalmente su falta de cooperación. Pero si los aliados
empiezan a preguntarse cuánto vale realmente el compromiso estadounidense, Washington
puede descubrir una paradoja del poder: que no siempre se pierde influencia
cuando se pierde capacidad militar; a veces se empieza a perder cuando los
demás dejan de estar seguros de que esa capacidad estará allí cuando realmente
la necesiten.
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