Acercamiento Canadá y Europa: cuando los aliados dejan de dar por sentado a Estados Unidos.
Durante décadas, la relación entre Canadá y Estados Unidos pareció una de esas estructuras geopolíticas que no necesitaban ser explicadas: estaban ahí. Canadá tenía en Washington su principal mercado, su socio estratégico y uno de sus principales pilares de seguridad; Europa, por su parte, encontraba en Estados Unidos el actor central del sistema transatlántico. Pero, la geopolítica cambia precisamente cuando aquello que parecía permanente deja de serlo.
El
17 de septiembre la presidenta de la UE Ursula von der Leyen en un discurso
propuso la posibilidad de convertir a Canadá en el primer “miembro asociado” de
la Unión Europea. propuesta innovadora y coyuntural que podría reconfigurar el
orden geopolítico mundial.
Donde,
Canadá y Europa están intentando construir una red de poder más resistente, en
un escenario en el que depender de un único centro de poder comienza a ser
demasiado costoso. Aterrizando así, en el factor Trump, ya que desde el inicio
de su segundo mandato ha generado muchos cambios en sus relaciones con sus
aliados tradicionales, lo que ha impactado entre otros factores, en la
fortaleza de estas.
Si
bien, la aproximación entre Ottawa y Bruselas no nació con esta propuesta.
Canadá y la UE ya habían profundizado su cooperación comercial, energética,
tecnológica, de defensa y de materias primas. En 2025 ambos firmaron una
asociación de seguridad y defensa, y en 2026 Canadá se convirtió en el primer
país no europeo en participar en el instrumento SAFE de la UE, permitiendo que
empresas canadienses participen en determinadas adquisiciones conjuntas
europeas de defensa. Por eso, más que un giro repentino, estamos
observando la aceleración de una tendencia.
Ahora,
la llegada de Trump al centro de esta ecuación ha modificado e intensificado
los incentivos. Las amenazas arancelarias, las tensiones comerciales y la
propia retórica territorial estadounidense han obligado a Canadá y a Europa a
preguntarse cuánto de su seguridad económica y estratégica puede seguir
dependiendo de Washington y sostenerse.
Canadá,
vive con un problema particularmente evidente: Estados Unidos continúa siendo,
por una diferencia enorme, su principal mercado. La UE, es su segundo socio
comercial, sin embargo, sustituir las cadenas de suministro construidas
alrededor del mercado estadounidense no puede resolverse mediante la firma de
nuevos acuerdos. La diversificación canadiense, por tanto, no significa
abandonar a Estados Unidos; significa, reducir la vulnerabilidad que
produce depender demasiado de Washington.
Europa,
por su parte, enfrenta una situación distinta, aunque relacionada. También está
intentando disminuir dependencias estratégicas de EE. UU.: energía, defensa,
tecnología, minerales críticos y capacidades industriales. Y Canadá,
precisamente, posee recursos que el viejo continente necesita y capacidades que
pueden complementar sus propias limitaciones.
Lo
anterior vislumbra donde la alianza deja de ser simbólica y comienza a adquirir
lógica material. Canadá puede ofrecer energía, minerales críticos,
alimentos, espacio estratégico en el Ártico, capacidades tecnológicas y una
industria de defensa con potencial de integración europea. Europa de igual
forma, puede proveer mercado, inversión, tecnología, infraestructura,
cooperación científica y acceso a una red política y económica mucho más
amplia. Por lo tanto, no se trata simplemente de acercar dos territorios.
Se trata de conectar capacidades.
La
pregunta interesante, entonces, no es si Canadá “entrará” en Europa.
Probablemente esa sea incluso la pregunta equivocada. Canadá no está
buscando convertirse en un Estado miembro de la UE. Tampoco existe actualmente
una figura jurídica de “miembro asociado” dentro del bloque. Lo que está sobre
la mesa es la posibilidad de crear una relación mucho más profunda que los
acuerdos tradicionales, utilizando la flexibilidad que permiten los tratados
europeos para establecer asociaciones con terceros países. Ambigüedad y
escenario geopolíticamente interesante.
Porque
el poder contemporáneo no siempre se construye mediante la adhesión formal a
una organización. También puede construirse mediante interdependencias
estratégicas, y, este caso lo encarna.
Canadá
ya está entrando en determinados espacios europeos sin ser europeo: participa
en SAFE, coopera militar con la UE, negocia sobre minerales críticos, energía,
inteligencia artificial, investigación y tecnología. La propuesta de von der
Leyen apunta a llevar esa lógica a otro nivel. En otras palabras: no es
Canadá convirtiéndose en parte de Europa, sino, Bruselas y Ottawa construyendo
una nueva categoría de alianza.
Distinción
importante, porque las alianzas del futuro pueden ser menos rígidas y más
sectoriales: defensa con unos actores, energía con otros, tecnología con alguien
más, minerales críticos por otro lado. La geopolítica comienza a parecerse
menos a un mapa de bloques cerrados y más a una red de conexiones superpuestas
partiendo de intereses específicos. Canadá tiene recursos. Europa tiene
mercado. Ambos necesitan margen de maniobra y su alianza alimenta sus
necesidades.
Canadá
posee reservas y capacidades relevantes en minerales críticos y energía, cuenta
con una posición privilegiada frente al Ártico, y, además, busca nuevos
mercados y oportunidades para su industria. Europa necesita diversificar sus
fuentes de energía, materias primas, y al mismo tiempo, fortalecer su
industria de defensa y reducir vulnerabilidades estratégicas. Ambos quieren
desarrollar inteligencia artificial, infraestructura digital y tecnologías
avanzadas sin depender exclusivamente de las grandes potencias tecnológicas.
De
igual forma, en defensa ya existe una señal concreta: Canadá se incorporó al
SAFE europeo en 2026, convirtiéndose en el primer país no europeo en
hacerlo. El comercio tampoco parte de cero. Desde la aplicación
provisional del CETA, el comercio bilateral de bienes entre Canadá y la UE
creció un 76%, hasta alcanzar €81.500 millones en 2025. Por lo tanto, la
oportunidad no consiste únicamente en vender más productos. Consiste en
construir cadenas de suministro alternativas y, con ellas, capacidad de
decisión. Quizá el activo más importante de todos.
Sin
embargo, una alianza contra los Estados Unidos sería una contradicción
total. Si la aproximación Canadá-UE se convierte exclusivamente en una
respuesta contra Trump, perderá parte de su potencial estratégico. Una alianza
diseñada para escapar de una dependencia puede terminar creando otra.
Además,
Canadá continúa profundamente integrado económica, geográfica y militarmente
con Estados Unidos. Europa tampoco puede desprenderse de Washington de la noche
a la mañana. La OTAN, las cadenas productivas, el comercio, la tecnología y las
estructuras de seguridad transatlánticas hacen que la separación sea mucho más
compleja que un simple cambio de proveedor.
En
consecuencia, la verdadera autonomía no debería significar reemplazar a
Washington por Bruselas. Debería, traducirse en construir suficientes
alternativas para que ninguna potencia pueda convertir una dependencia en un
mecanismo de presión. Y esa diferencia es fundamental.
Hay,
además, una dimensión histórica y política que no puede ignorarse. Canadá
y Europa están intentando construir esta relación alrededor de conceptos como
democracia, soberanía, Estado de derecho, comercio abierto y multilateralismo.
Mark Carney y Emmanuel Macron volvieron a poner precisamente esos valores en el
centro de su encuentro del 20 de septiembre, mientras defendían una mayor
cooperación entre Canadá y Europa. Esto convierte la alianza en algo más
que una transacción económica, es también una narrativa.
El
mensaje serio: las potencias intermedias no tienen que elegir necesariamente
entre someterse a los grandes centros de poder o aislarse de ellos; pueden
organizarse entre sí para aumentar su margen de maniobra.
Para
Canadá, esto significa proyectarse como una potencia intermedia capaz de
diversificar sus alianzas. Para Europa, significa demostrar que puede construir
capacidades estratégicas propias y atraer socios fuera de su territorio. Para
ambos, significa defender una determinada interpretación del orden
internacional. Y, paradójicamente, cuanta más presión ejerza Washington
sobre esa relación, mayor puede ser su relevancia política.
Sin
embargo, esta propuesta no es todavía una alianza. La figura de “miembro
asociado” tendrá que superar obstáculos jurídicos, políticos y prácticos. Los
27 Estados miembros deberán aceptar cualquier arquitectura formal y todavía
falta definir qué derechos, obligaciones y niveles de integración tendría Canadá.
La próxima cumbre UE-Canadá en Montreal será, por eso, mucho más importante que
el nombre que termine recibiendo el acuerdo. Porque, el riesgo es crear
una gran narrativa con poca capacidad material.
El
beneficio potencial, en cambio, es considerable: una red más diversificada de
comercio, energía, defensa, tecnología, investigación y materias primas que
permita a Canadá y Europa reducir vulnerabilidades sin romper necesariamente
sus vínculos existentes. El punto central.
Porque,
la pregunta ya no aborda quién está aliado con quién. En cambio, es quién tiene
suficientes alternativas cuando una alianza deja de ser confiable.
Canadá
está descubriendo que su proximidad geográfica con Estados Unidos no tiene por
qué determinar toda su geografía política. Europa está descubriendo que su
seguridad tampoco puede descansar indefinidamente sobre capacidades externas. Y
ambos, parecen haber entendido algo que la actual transición geopolítica está
haciendo cada vez más evidente: el poder no consiste solamente en tener grandes
capacidades, sino en contar con opciones.
La
aproximación entre Canadá y la Unión Europea, entonces, puede ser mucho más que
una respuesta coyuntural a Trump. Podría convertirse en un experimento sobre
cómo las potencias intermedias construyen autonomía en un mundo donde las
grandes potencias vuelven a competir por zonas de influencia. Y esta, es la
razón porque la propuesta resulta tan incómoda para Washington.
Porque si Canadá y Europa consiguen convertir esta coyuntura en una estructura, el resultado no sería simplemente un nuevo acuerdo comercial. Sería una nueva red de poder. El mundo reconfigurándose en función de los ciclos geopolíticos a la vista de todos.
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