Arabia Saudí vs los hutíes: Cuando el poder militar no garantiza la victoria.
Arabia Saudí cuenta con uno de los presupuestos militares más elevados del mundo, armamento de alta tecnología y el respaldo histórico de Estados Unidos. En 2024, su gasto en defensa alcanzó los 80.300 millones de dólares, convirtiéndola en la séptima potencia con mayor inversión militar a nivel mundial, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI). Sin embargo, más de una década después de la internacionalización de la guerra de Yemen, Riad continúa enfrentándose a los hutíes, un movimiento armado de origen yemení que ha logrado resistir su superioridad convencional y ampliar su capacidad de presión regional.
Pero ¿Cómo
se explica que una de las principales potencias militares de Oriente Medio no
haya conseguido neutralizar a un adversario con recursos considerablemente más
limitados? La respuesta está en una premisa fundamental de la geopolítica: tener
más poder no significa necesariamente tener la capacidad de imponer la propia
voluntad.
La
trayectoria de los hutíes, también conocidos como Ansar Allah, demuestra que la
capacidad militar no puede medirse exclusivamente a partir del presupuesto, la
tecnología o el tamaño de un ejército. Su expansión responde a una combinación
de arraigo territorial, experiencia de combate, movilización interna y
aprovechamiento de las debilidades institucionales del gobierno de Yemen.
En 2014, el movimiento tomó Saná, la capital del país, en medio de una profunda
crisis política, y desde entonces consolidó su posición como uno de los
principales actores de la guerra civil.
A ello, se
suma el apoyo iraní, que ha contribuido a fortalecer sus capacidades mediante
asistencia militar y tecnológica. Aunque existe una relación estratégica entre
Teherán y los hutíes, reducir al movimiento a un simple instrumento iraní sería
desconocer sus raíces locales, sus propios intereses y su capacidad de
decisión. Irán obtiene influencia regional a un coste inferior al que supondría
una intervención militar directa, mientras que los hutíes encuentran en esa
relación oportunidades para ampliar sus capacidades y proyectar poder más allá
de sus fronteras.
No
obstante, el poder hutí no se explica únicamente por sus alianzas externas.
También se encuentra en las fracturas de sus adversarios. La coalición
contraria al movimiento reúne al Gobierno yemení reconocido internacionalmente
y a distintas fuerzas políticas, tribales y militares cuyos intereses no
siempre coinciden. Las diferencias de objetivos, la fragmentación del mando y
las disputas por el territorio dificultan la construcción de una estrategia
común.
Los hutíes
entonces, han sabido aprovechar estas divisiones, demostrando que, en un
conflicto prolongado, la cohesión puede resultar tan importante como el
equipamiento militar. Una coalición con mayores recursos puede perder capacidad
de acción cuando sus integrantes no comparten una misma visión del resultado
que pretenden alcanzar.
Y
precisamente, aquí aparece una de las principales limitaciones de Arabia Saudí:
su capacidad para ejecutar operaciones militares no garantiza que pueda
reconstruir la autoridad estatal yemení ni producir un orden político estable.
La superioridad aérea y los ataques contra posiciones enemigas pueden infligir
daños, pero no necesariamente desarticulan las redes de poder que sostienen a
un movimiento armado.
Cuando la
intervención no consigue traducirse en control territorial duradero, las
operaciones pueden prolongar el desgaste sin resolver las causas políticas del
conflicto. En este escenario, los hutíes no necesitan derrotar
convencionalmente a Arabia Saudí para obtener ventajas estratégicas; les basta
con dificultar sus objetivos, elevar los costes de la intervención y mantener
abierta la posibilidad de nuevos ataques. La asimetría, por tanto, no consiste
solamente en combatir con recursos desiguales, sino en obligar al adversario a
jugar bajo condiciones que favorecen la prolongación del conflicto.
Y esta
lógica adquiere una dimensión aún más relevante cuando se incorpora la
geografía. El avance hutí sobre sectores de la costa yemení del mar Rojo,
incluida la ciudad portuaria de Mocha, y su aproximación al estrecho de Bab
el-Mandeb han elevado la importancia estratégica del territorio en disputa.
Este paso conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una vía
fundamental para el comercio internacional.
Su
importancia, aumenta cuando las tensiones en el estrecho de Ormuz amenazan
otras rutas energéticas del golfo Pérsico. La posibilidad de ejercer presión
sobre dos corredores marítimos distintos amplía las opciones de influencia de
Irán y sus aliados, al tiempo que expone las vulnerabilidades de los Estados
que dependen de estas rutas para sus exportaciones. Los avances territoriales
hutíes no equivalen, por sí solos, a un control absoluto del tráfico marítimo;
sin embargo, sí pueden incrementar los riesgos, los costes de navegación y la
incertidumbre de los mercados.
La escalada
de octubre de 2026 refuerza esta lectura. Los ataques contra infraestructuras
saudíes, incluidos los aeropuertos, evidencian que el conflicto ya no puede
entenderse exclusivamente como una disputa por el territorio yemení. La
capacidad de amenazar centros de transporte e instalaciones estratégicas
permite trasladar la presión militar al terreno económico, afectar la
conectividad y cuestionar la percepción de seguridad que Arabia Saudí busca
proyectar internacionalmente.
Para Riad,
cuyas ambiciones de diversificación económica requieren estabilidad y confianza
exterior, el problema trasciende el campo de batalla: también está en juego el
coste reputacional de no poder proteger infraestructuras esenciales.
Los hutíes, por su parte, pueden convertir esa vulnerabilidad en una herramienta de negociación y demostrar que un adversario con menos recursos convencionales conserva capacidad para alterar los cálculos de una potencia regional. A esta ecuación, se suma la dimensión internacional. Aunque Arabia Saudí mantiene una relación estratégica con Washington, el respaldo de un aliado no implica una disposición ilimitada a intervenir directamente en cada conflicto. Estados Unidos debe ponderar sus propios intereses, sus compromisos militares y los costes de una nueva escalada regional.
Al mismo
tiempo, Irán encuentra oportunidades para ampliar su influencia sin asumir
necesariamente el coste de enfrentarse de manera directa a Arabia Saudí en
todos los escenarios.
El
resultado es una red de alianzas en la que cada actor busca maximizar sus
beneficios y limitar sus riesgos. Incluso el discurso político cumple una
función estratégica: la resistencia frente a una potencia militar extranjera
puede alimentar la legitimidad interna de los hutíes, mientras que Arabia Saudí
presenta la contención de la amenaza como una cuestión de seguridad nacional y
estabilidad regional. Ambos discursos buscan movilizar apoyos, justificar
decisiones y condicionar la interpretación del conflicto, aunque sus recursos y
objetivos sean diferentes.
En este
contexto, surge la disyuntiva saudí y como debe responder a los ataques
hutíes, ya que no se reduce a intensificar las represalias o aceptar las
condiciones del grupo armado yemení. Una escalada militar puede contribuir a
recuperar posiciones, pero también incrementar los costes humanos y económicos,
alimentar la movilización del adversario y ampliar el conflicto. La
negociación, por otro lado, exige calcular qué concesiones son aceptables y
cómo evitar que un acuerdo consolide nuevas fuentes de inestabilidad.
Cualquier
estrategia duradera deberá considerar tanto la dimensión militar como la
fragmentación política de Yemen, la coordinación de las fuerzas contrarias a
los hutíes y la recuperación de instituciones capaces de ejercer autoridad
legítima. Sin un proyecto político que acompañe a las operaciones militares,
recuperar territorio no equivale necesariamente a recuperar el Estado y en el
contexto actual no garantiza un debilitamiento hutíe, clave para cualquier
avance saudi.
En
definitiva, el conflicto entre Arabia Saudí y los hutíes demuestra que el poder
geopolítico no depende únicamente de los recursos disponibles, sino también de
la capacidad para convertirlos en resultados sostenibles. La tecnología, el
presupuesto militar y las alianzas internacionales pierden eficacia relativa
cuando no están acompañados de cohesión estratégica, comprensión del adversario
y objetivos políticos alcanzables.
Los hutíes
han encontrado oportunidades en las divisiones internas de Yemen, en las
limitaciones de sus adversarios y en la importancia de las rutas comerciales
internacionales. Arabia Saudí, por su parte, se enfrenta al desafío de
redefinir una estrategia que no confunda la superioridad militar con la
capacidad de imponer un nuevo orden. Porque, en una región donde la seguridad
energética, las alianzas y el comercio están profundamente conectados, la
victoria no depende exclusivamente de quién tiene más poder, sino de quién
consigue transformar sus capacidades en influencia política duradera.
Comentarios
Publicar un comentario