El nuevo camino de Venezuela.
La madrugada del 3 de enero de 2026, hora local, ocurrió la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, por fuerzas estadounidenses en una operación militar en Caracas. Este hecho marca un punto de quiebre sin precedentes en la historia reciente de América Latina. Más allá del impacto inmediato de la captura, el episodio reconfigura el tablero político, jurídico y diplomático regional, y abre interrogantes profundos sobre soberanía, legitimidad, derecho internacional y el verdadero alcance del poder estadounidense en el hemisferio occidental.
Estados
Unidos no ejecutaba una intervención militar directa de esta magnitud en la
región desde la invasión a Panamá en 1989 para derrocar a Manuel Noriega. Como
entonces, Washington argumentó la operación dentro de una narrativa de lucha
contra el narcotráfico y el crimen transnacional. Sin embargo, la detención de
un jefe de Estado en ejercicio —más allá de las disputas sobre su legitimidad—
eleva el caso venezolano a una dimensión estructural del orden y del derecho
internacional contemporáneo.
Desde
la perspectiva del Derecho Internacional Humanitario, el escenario es
igualmente delicado. Aunque Washington no ha declarado formalmente un conflicto
armado internacional, el despliegue militar masivo, el mayor en décadas en el
Caribe, sumado a las operaciones en territorio venezolano, sitúa la situación
en una zona gris de actuación, dentro de un vacío jurídico evidente. Venezuela,
por su parte, invocó el artículo 51 de la Carta de la ONU, reservándose el
derecho a la legítima defensa y declarando el estado de conmoción interna, al
tiempo que llamó a la población a sumarse a los planes de defensa nacional.
Esta retórica eleva el riesgo de una escalada asimétrica y de una fragmentación
violenta del poder interno.
Donald
Trump no solo celebró el operativo como un triunfo, sino que afirmó que Estados
Unidos “dirigirá” Venezuela hasta que se produzca una “transición segura y
adecuada”. Esta declaración, ambigua pero contundente, plantea una forma de
tutela política externa que choca frontalmente con los principios básicos de la
Carta de las Naciones Unidas, particularmente los artículos 1 y 2, que
consagran la soberanía estatal, la autodeterminación de los pueblos, la
igualdad jurídica entre los Estados y la prohibición del uso de la fuerza y de
la injerencia externa, principios que se verían vulnerados tras la operación
estadounidense en territorio venezolano. La ambigüedad y el carácter coyuntural
de estos sucesos generaron una ola de reacciones internacionales masivas.
En
el plano regional, las reacciones evidencian una América Latina profundamente
dividida. Colombia, Brasil, México y Cuba rechazaron la intervención
estadounidense, subrayando el respeto a la soberanía venezolana, mientras que
Argentina expresó su respaldo a las decisiones de Trump. Chile, en una posición
intermedia, cuestionó la forma en que Maduro fue removido del poder, aun
manteniendo una postura crítica frente a su gobierno.
En
Europa se llamó a la calma y al retorno a la vía democrática, apelando al
respeto de las normas internacionales; mientras que Rusia y China, aliados
tradicionales de Venezuela, se limitaron a condenar los hechos, aunque sin
señales reales de disposición a confrontar militarmente a Estados Unidos en el
corto o mediano plazo.
Este
punto es clave: pese a la condena retórica, nadie parece dispuesto a escalar el
conflicto. Ni Moscú, atrapado en Ucrania, ni Pekín, concentrado en su disputa
estratégica y económica con Washington y en su proyecto de la “Nueva Ruta de la
Seda”, tienen incentivos reales para abrir un nuevo frente en el Caribe contra
Trump. Venezuela, una vez más, queda atrapada entre discursos de apoyo y una
soledad estratégica concreta.
En
el plano interno, Maduro alcanzó a declarar el estado de conmoción externa
antes de su captura. Posteriormente, funcionarios del gobierno rechazaron
tajantemente los hechos, denunciando violaciones al Derecho Internacional y
llamando al levantamiento y al rechazo ciudadano e internacional.
Sin
embargo, la salida forzada de Maduro no resuelve la crisis política venezolana;
por el contrario, la complejiza. La Constitución establece mecanismos claros
ante la ausencia absoluta del presidente, pero la captura por un gobierno
extranjero no encaja de forma inequívoca en los supuestos constitucionales.
Además, la falta de reconocimiento internacional de Maduro como presidente
legítimo genera un vacío jurídico-político: cualquier sucesor dentro del
chavismo podría enfrentar el mismo problema de legitimidad externa.
Aunque
sectores opositores sostienen que Edmundo González Urrutia, a quien consideran
ganador de las elecciones de 2024, debería asumir el poder, la realidad es que
el chavismo mantiene el control efectivo del aparato estatal, del poder
judicial y de las Fuerzas Armadas. En ese contexto, resulta probable que el
oficialismo intente preservar la continuidad colocando al frente a la
vicepresidenta, Delcy Rodríguez (quien, según versiones, se encontraría fuera
del país). No obstante, la ausencia de Maduro podría desencadenar una
redistribución interna del poder, donde figuras como Diosdado Cabello o el
ministro de Defensa, Vladimir Padrino, jueguen roles determinantes en un
equilibrio frágil y potencialmente inestable.
Para
Trump, la captura de Maduro representa una victoria política clara. Le permite
declarar éxito, reducir la presión militar sostenida en el Caribe y reforzar su
liderazgo regional en un continente que, tras recientes elecciones, se ha
inclinado hacia la derecha. No obstante, el triunfo es parcial. Si no se
produce un cambio real de régimen, la narrativa de victoria se diluye: muchos
de los actores que podrían asumir el poder dentro del chavismo enfrentan
acusaciones similares a las que pesan sobre Maduro.
En
última instancia, el caso venezolano vuelve a exponer una constante del sistema
internacional: la selectividad del derecho y la primacía del poder. La
legalidad, la soberanía y los derechos humanos se invocan o se omiten según los
intereses estratégicos del momento y los actores involucrados. La caída de
Maduro no es solo el aparente final de un liderazgo; es una prueba de estrés
para el orden internacional, para América Latina como región política y para la
idea misma de que las transiciones democráticas pueden imponerse desde fuera
sin generar nuevas fracturas. Existen, y son evidentes, distintas formas de
“democratizar” el mundo actual.
Lo
que ocurra en Venezuela, como experimento en curso, en las próximas semanas no
solo definirá su futuro interno, sino que marcará un precedente inquietante
sobre hasta dónde puede llegar la intervención de una potencia cuando decide
que el equilibrio regional ya no le es funcional.
Asimismo,
queda claro que Estados Unidos ha ratificado su presencia en América Latina. La
injerencia directa, en nombre de su propio bienestar y seguridad, parecería
convertirse en el nuevo modus operandi de Trump. Esta situación deja en
evidencia la debilidad institucional de muchos gobiernos de la región y su
creciente supeditación externa, lo que a largo plazo gestará escenarios
geopolíticos definidos por Washington y sus aliados, por un lado, y por sus
detractores, por el otro.
Finalmente,
todo este episodio cuestiona la veracidad y fragilidad de los acuerdos y
estamentos internacionales. Si los propios Estados que los impulsaron no acogen
las normas que establecieron, ¿hasta qué punto el resto de las naciones debería,
o podrá, hacerlo?
Falta
ver si este episodio inaugura una nueva etapa de injerencia abierta en América
Latina o si, por el contrario, se convierte en una advertencia sobre los
límites, cada vez más difusos, del poder global. Ojalá este nuevo contexto sea
la puerta para que el pueblo venezolano recupere su nación y se produzca una
transición democrática que impulse la paz y el crecimiento económico en la
nación bolivariana. Lo que sí es seguro es que este proceso seguirá dando de
qué hablar.
Excelente análisis político, consideró que esto beneficiará a Colombia en este año electoral y ya con el rol político y militar de los EEUU LATAM seguirá su curso de regresar a la derecha. Apoyo total a el actuar de los EEUU. Maduro es un dictador y Narco Terrorista con su propio pueblo y contra otras naciones.
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